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Complicidad.

Supongo que sabe que su sonrisa adquiere hacerme transigir. Que puedo dejar de mirarle el culo a la moza y a la amiga de esa amiga que nunca tuve. Que consigue que haga el idiota sin ruborizarme, que la complicidad sea tanta que pueda contarle de aquella vez que me caí en un charco, algo sobre la eyaculación precoz con cierta rubia teñida, algún vicio inconfesable, o hablarle del beso que le di al aire pensando que el amor de mi infancia jamás se apartaría. Supongo que sabe que su sonrisa hace girar las agujas del reloj a una velocidad distinta a la que acepta la cordura. Que hace un minuto era de día y ahora tiene una estrella entre los labios que jamás será fugaz. Que ignoro por completo si ha preferido zapatos sin tacos para no despertar al hombre equivocado. Si lleva el pelo arreglado o una selva incontrolable, si es un vestido nuevo, o el mismo que he pensado desabrocharle mil veces. Supongo que sabe que cuando sonríe me duele tanto parpadear como una guerra en Siria. Que el olvid...

No vuelo, planeo.

La máscara social que nos corrompe se siente afligida por los callos de los alguaciles que el viento les provoca. Chocan contra los parabrisas de las miradas de las personas que odian que puedan volar. La perspectiva cambia constante en el flujo de lo que llamamos tiempo, como si fuera todo lineal, o al menos eso creía hasta un infortunio evento desarrollado en la dureza del agua, esa fina capa que parece impenetrable por las mentes livianas. Si te paras en el agua todos afirmarían que sos algún tipo de profeta o un mesías, sin embargo la única profecía que se cumple es la del mediocre. Si yo fuera un alguacil, no volaría. Estaría preso del viento, a su merced, flotaría hacia donde me lleve. Ni siquiera haría el mínimo esfuerzo de agitar mis alas. No tendría sentido, el viento es más fuerte y los callos más duros. Pero no me hundo, porque los alguaciles como yo nos paramos en el agua y la pequeña ola que nos quiere aplastar, la usamos como si fuésemos patinadores sobre hielo. ...

El último suspiro.

Te observo y lo único que veo es una gran O dibujada en mis labios. Aun sigo incrédulo de tu existencia en mi vida. No quiero salir de este círculo que me crean tus abrazos. Hoy sentí tu tristeza y de un tirón casi se me acaba el mundo. He descubierto que la poesía es como tu, que en cuando te comienzo, no puedo parar hasta devorarte. Estoy condenado a tu romanticismo pornográfico, a tu lujuria diaria y a tu devoción taciturna. Es que vos sos sos como esa lengua filosa que relame mi alma y en otros sitios de pecado. Para navegar en bucle dentro de mis venas. Y entonces siento envidia. Envidia de los que te han suspirado alguna vez y tu les hayas devuelto el suspiro. Todo lo que deseo es que este sea tu último suspiro, y el mio también.

Gimiendo un te amo.

Hay quienes dicen que la fidelidad es cosa de pobres porque no tienen plata para irse de putas. Pero ellos no la ven ahí recostada con su piel haciendo juego con las sábanas medio vestida o medio desnuda, nunca supe las verdaderas intenciones de su tanga. Yo tengo la certeza, de que la diferencia entre hacer el amor y coger reside en si uno de los dos pide un remis para irse a su casa una vez terminado el acto. Remisero es el oficio que más sabe de desamor en este asqueroso país. Por eso cuando ella me pidió que la abrace para dormir, con los pómulos recién incendiados de mi última aventura pirotécnica, yo suspiré de alivio. Era amor. Aunque momentos antes nos comíamos como animales y lo hiciéramos aferrados a las rejas de la ventana, y mis dedos se clavaran en sus caderas, y sus dientes en mi lengua, aunque estuvo a dos suspiros de convertirse en asesina y yo en el muerto con el paisaje más hermoso. Era más bonita la muerte allí entre sus piernas que la...

Duele pero no.

Maldito insomnio, podredumbre infectada de algoritmos sin resolver en mi cabeza. Duele como en el alma, como si quemara sin quemar, como si ardiera sin arder, pero se siente en lo más hondo del ser. Se destruyen los pensamientos mientras se van recreando, porque el aburrimiento nunca termina, siempre renace del que muere, son efímeros pero eternos. Nadie entiende, nadie comprende, nadie ayuda. Los consejos vuelan y se estrellan contra la nada que provoca tu mirada. Ya no hay nada que ver ni observar. Todo es un juego que no tiene fin, ni tampoco reglas a las cuales seguir como para darle una estructura. Quema sin quemar, arde sin arder. Son vestigios de la niñez, quizá de mucho antes, quizá desde que éramos polvo de estrellas, algunos átomos de carbono flotando por ahí, esquizofrénicos y alterados por alguna frecuencia que no supimos entender, que no pudimos analizar. Duele sin doler, arde sin arder.

Por el miedo de tu nombre.

Los domingos siempre me parecieron el mejor día para suicidarse, a veces cuando observo el acantilado de tu foto pienso en saltar y desvanecer de este mundo. Mi cobardía me dice al oído que no hay prisa, que vos estarás allí por los siglos de los siglos y observaras caer a otros que ni siquiera te vieron. ¿Cómo es posible matarse sin conocerte? Yo te conozco y me ronda la idea pero no me atrevo y termino escribiendo algún poema que es como matarse un poco. Y vos  me leerás en ese sofá que se te queda pequeño inflada por el ego y la soberbia, pensando que aún te cambio el nombre, gritándome que no existe ninguna Raquel, que no tengo huevos de colocar el tuyo, adivinando de quién me escondo esta vez. Como si Raquel acabara en tus caderas. -Tus mujeres empezaran en mis rodillas- Y lo decías tú, que solo te arrodillabas cuando no había preservativos. Hace tiempo que no te dibujo en la punta de mi sexo para inundarte la cara, deberías creerme cuando te aseguro que no ocupas todo mi cer...

Números.

Los 3 kilómetros que nos separan, los 17 lunares de tu cuerpo, las 11 pequitas alrededor de tu nariz, tú talla 85/90, mis 89 viajes a verte, un trillón de cigarros después de, mis 6 copas de más, tus 2 prendas de menos, tus 155 mmmmmm, tus 217 aaaaahhhhhhh, los 2 satélites inversos en tu mirada, mis 7 pecados capitales. Que mierda que lo convierta todo en matemáticas y no exista un número real para decirte lo mucho que te amo.