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Complicidad.

Supongo que sabe que su sonrisa
adquiere hacerme transigir.
Que puedo dejar de mirarle el culo a la moza
y a la amiga de esa amiga que nunca tuve.

Que consigue que haga el idiota sin ruborizarme,
que la complicidad sea tanta que pueda
contarle de aquella vez que me caí en un charco,
algo sobre la eyaculación precoz con cierta rubia teñida,
algún vicio inconfesable,
o hablarle del beso que le di al aire
pensando que el amor de mi infancia
jamás se apartaría.

Supongo que sabe que su sonrisa
hace girar las agujas del reloj
a una velocidad distinta
a la que acepta la cordura.
Que hace un minuto era de día
y ahora tiene una estrella entre los labios
que jamás será fugaz.

Que ignoro por completo
si ha preferido zapatos sin tacos
para no despertar al hombre equivocado.
Si lleva el pelo arreglado o una selva incontrolable,
si es un vestido nuevo,
o el mismo que he pensado
desabrocharle mil veces.

Supongo que sabe que cuando sonríe
me duele tanto parpadear
como una guerra en Siria.
Que el olvido es el primer atajo
que atraviesa por sus pómulos.
Que su garganta un eclipse,
que sus dientes un verano,
que su lengua mar de fondo.

Más allá de su rostro la vida,
es una película de Tarantino,
el futuro la promesa de un político,
el amor hipotecas para siempre.

Supongo que lo sabe, que es consciente,
que tiene esa certeza incuestionable,
de hacer feliz al resto si se ríe,
cosquillas en el alma, cicatrices
de heridas que juraron ser eternas,
paisajes devorados por su nombre,
la magia concentrada en una mueca,
la oscuridad humillada por su brillo.

Supongo que lo sabe, aunque no importa,
si ignora la verdad de su sonrisa,
si algún espejo dijo lo contrario,
si algún complejo le mintió al respecto,
si algún recuerdo le confunde el ánimo.

Yo se que su sonrisa es mi sonrisa
y espero que ningún hijo de puta
no la haga llorar nunca más,
porque será lo último que haga.


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