La máscara social que nos corrompe se siente afligida por los callos de los alguaciles que el viento les provoca. Chocan contra los parabrisas de las miradas de las personas que odian que puedan volar.
La perspectiva cambia constante en el flujo de lo que llamamos tiempo, como si fuera todo lineal, o al menos eso creía hasta un infortunio evento desarrollado en la dureza del agua, esa fina capa que parece impenetrable por las mentes livianas.
Si te paras en el agua todos afirmarían que sos algún tipo de profeta o un mesías, sin embargo la única profecía que se cumple es la del mediocre.
Si yo fuera un alguacil, no volaría. Estaría preso del viento, a su merced, flotaría hacia donde me lleve. Ni siquiera haría el mínimo esfuerzo de agitar mis alas. No tendría sentido, el viento es más fuerte y los callos más duros. Pero no me hundo, porque los alguaciles como yo nos paramos en el agua y la pequeña ola que nos quiere aplastar, la usamos como si fuésemos patinadores sobre hielo.
Yo soy un alguacil que no vuela, planea, y cuando el viento muera de cansancio, ahí es cuando yo recién voy a mirar el horizonte y decidir qué camino seguir.
Me niego rotundamente a comer mosquitos al vuelo. Pero me encanta comer la mente de las personas, sobre todo cuando están al dente, y su sangre, que es la salsa, le da un gusto gourmet del cual no podes escapar, o al meno tus papilas gustativas.
La debilidad empieza cuando el hambre grita en las entrañas, llora desahuciada por la falta de proteínas, las alas se caen, la vista se pierde, y el viento, cuna que se mece al ritmo de mis ojos semi cerrados se convierte en tumba.
La misma tumba en la que desentierro con mis propias manos de alguacil, para luego caer en ella y una piedra gigante como asteroide o como grano de arena, pone fin a mi relato efímero, a mi vida sin alas ni vientos, y solo quedan callos, duros como tus prejuicios.

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