El día que te conocí
supe que los pretextos
para no enamorarme
se me habían terminado.
No digo el día que te vi,
porque eso es algo muy distinto.
La diferencia entre ver y conocer
radica en que para lo primero
hay una consecuencia de atracción física
y para lo segundo se genera
una atracción más fuerte y profunda,
espiritual.
Así que me enamoré de vos
cuando te conocí,
si bien no del todo,
por lo menos lo suficiente.
Fue el mismo día en que deje
de buscarle el sentido
a muchas cosas porque comprendí que,
por mucho que uno intente evadirlas,
hay personas que llegan
con el propósito de cambiarte la vida.
Y es inevitable.
Puedo diferenciarte del resto de mujeres
si me miras de la misma forma
que haces para detener el tiempo.
Muchas intentan imitarte en vano
(lo sé, las he visto),
y es que lo más bonito de conocerte
es saber que no existe nadie
en todo el mundo que se te parezca.
Así que sos vos,
simplemente y únicamente vos.
Y yo, que a veces intento
obtener un papel protagónico
en la historia que narra tu sonrisa,
me siento parte de la singularidad,
aunque sea una gran paradoja.
Total la sensatez está sobrevalorada
si no me amas con los ojos.
Te quiero como para dejar
de ver finales tristes,
y amanecer con la esperanza
abrazándonos las heridas.
Sé que puede parecer
muy soñador de mi parte,
pero no creo que pueda ser
más sincero con alguien.
Me encantás.
Después de esta confesión
no espero salir absuelto,
al contrario,
espero encontrar
en la fuerza de tu abrazo
la libertad que tienen
las gaviotas.
Y si vas a condenarme,
que sea a una vida a tu lado.

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