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Amor acumulativo.

Tal vez no debí haber posado mis ojos en vos,
yo soy de esos que se enamoran tres veces al día,
cuando me veo cara a cara con otro universo.

Y ahora lo vuelvo a hacer cada vez que te veo venir.
Ya van dieciséis en una hora.

Sos como una de esas actrices
que consiguen con su belleza
que te acabes olvidando
de la trama de la película.
Yo te miré e ignoré por completo
el resto de mi vida.

Tan apretada a vos misma
que casi podía considerarse un milagro
que no te rompieras en la siguiente pisada.
Tanta curva en tan poco espacio
que incluso antes de acercarme un metro
ya me había destrozado contra el barral de tu cintura.

Y ya van veintiuna.

Has conseguido con tu presencia
que vuelva a sentirme partícipe del género masculino.
Tan común como el carnicero de la esquina,
tan sátiro como el viejo de la barra del bar,
tan imbécil como el chico adicto a los abdominales,
tan obsceno como ese casado que gira para escanearte,
para poder luego pensar en tu culo
mientras le dice a su mujer que gima más bajito.

Eran mis ojos,
los ojos del resto de los hombres,
la misma mente,
la misma hambre.

Y he sentido la tristeza de una rosa entre las rosas,
la impotencia de un camino que se acaba en un barranco.

Te has marchado como hoja empujada por el viento,
con ese desfilar insultante solo permitido
en la estrecha pasarela de mis sueños.

Nos hemos mirado todos a la cara,
el viejo al carnicero,
yo al imbécil,
el imbécil al casado
y así sucesivamente.
Incluso en un patético instante hemos sonreído,
luego bajando la cabeza
hemos seguido con lo nuestro
como si no hubiera pasado nada.

Pero ha pasado.
Y yo ya llevo veintisiete.



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