Me gustan las mujeres que saben que con su humedad debajo del ombligo pueden mover todo su alrededor, las que usan las tetas como argumento y nunca como reclamo, las mujeres que callan cuando tienen demasiado que decir y hablan cuando tienen demasiado que callar.
Por esas y por otra multitud de razones, cada vez que la germana ponía mi nombre en su boca, yo movía la cola como un perro abandonado que esperaba la caricia que lo hiciera sentirse útil.
Por aquel entonces, no hace mucho, yo estaba enfermo de nostalgia y era en sus caderas amplias como abanicos abiertos donde encontraba el medicamento para anestesiar los vacíos.
De hecho fue allí, en los jardines del cielo de su boca, donde morí y reencarne otra vez en el oficio de poeta.
- No me gustan los poetas, los poetas mienten todo el tiempo. Decía sin clemencia.
- ¿Y los jardineros? Preguntaba yo.
- Menos aún, se creen que el amor es una flor que hay que regar y mimar, a la mujer o te la coges de vez en cuando o corres el riesgo de que confunda el amor con el cariño. El amor se mueve por los impulsos del deseo, el te quiero real es el que se dice con los ojos.
- Mierda! ¿Y que te gusta entonces? Preguntaba malhumorado.
- Mi padre, me gustaba mi padre, el nunca me quiso así que jamás tuvo necesidad de mentirme y fue todo siempre tan mutuo que llegaba a resultar adorable.
- ¿Y tu madre?- Preguntaba yo de nuevo.
- De mi madre heredé este culo (dijo dejando en el vaivén de sus caderas toda mi lujuria).
Así que algún aprecio debo guardarle.
Me encantaba verla fumar en la cama, con un aspecto a que no le importaba nada en la vida, pero sufría como si el mundo dependiera de ella. La espalda débilmente arqueada como un tobogán y su culo duro como el del un maniquí sutilmente inclinado, consiguiendo que hubiera más morbo en dos metros cuadrados que en los próximos diez mil kilómetros a la redonda.
Tenía una belleza tan salvaje que ni siquiera en la selva se hubiera sentido cómoda.
Cuando la nordica venía a casa era por que las cosas no le iban bien.
- Yo no soy infiel, soy una ninfómana del amor, nunca pienso en otros cuando estoy con mi pareja, ni pienso en mi pareja cuando estoy con otros. Esa es la fidelidad máxima a la que puede llegar un ser humano.
Su pareja, un eterno desconocido para mí, tan sólo sabía que trabajaba en la fábrica y que cambiaba continuamente de turnos. Nada más. Y la realidad es que era suficiente para mi.
A veces la queria tanto a la anglosajona que no soportaba saber que alguien más afortunado que yo dormía con el perfume de su cabello pegado a la nariz.
Tiene el pelo a la mitad y de color castaño y oro, con una pizca de fuego, si se lo ataba con dos colitas se le hacía mas grande la sonrisa, si se lo soltaba parecía un triángulo equilátero.
Mi princesa geométrica, así la llamaba a solas conmigo mismo.
Sus ojos inventaban diapositivas de las orillas más hermosas del Mediterráneo en cada parpadeo, sus labios eran tan carnosos que a la vez que te besaban te absorbían y luego te soltaban para besarte otra vez.
Tanta curva que si no aminorabas la velocidad corrias el riesgo de matarte en cualquiera de las cunetas que le habitaban en las costillas. Era difícil pisar el freno cuando la alemana se quitaba la ropa y te arrancaba la piel.
Un metro sesenta y cinco, tenía los kilos justos a los que yo puedo levantar y una talla de cadera que preferiría omitir para evitar erecciones.
-El día que me escribas un poema, yo le pondré la música de fondo, serán mis tacos alejándose para siempre de tu pecho, la banda sonora de tus letras, y eso debes prometerlo.
Y lo hice, se lo prometí, sin ni siquiera meditarlo un segundo.
La realidad es que lo único que deseé aquel día es lo que deseo hoy mismo, no deberle nunca ni un sólo verso a mi escandinava.
Y brindo por ello.
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