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Cerebro triunfante.

Marilyn tenía más glamour sentada en el inodoro meando, que vos con ese vestido prestado. Y, sin embargo, te balanceas por la calle en un columpio imaginario como si todo tu alrededor más cercano se hubiera enamorado de vos al instante. Lo cierto es que sos bellísima, y tenés ese cuerpo con el que sueña cualquier quinceañero con acné. Pero se te olvida siempre que la belleza no es más que azar y si no sabes usarla es ella la que al final termina usándote a vos. Sin cerebro no sos más que carne, el premio efímero de hormonados de gimnasio o la eterna amante de ejecutivos con casas de tres pisos. Te miro entre el deseo y el rechazo, la guerra confusa entre mi erección y el cerebro, un segundo te cruzas por la avenida de mis ojos, para luego levantar la cabeza con esa superioridad que te presta la talla noventa y cinco de un escote de póster de taller mecánico. De espaldas, mientras te vas alejando de mi campo de visión, tu culo aeróbico me hace una entrevista a la que contesto con desgan...

Viajar está sobrevalorado si no es con vos.

Cuando decidí no verte más, por más que te buscara en la multitud no había señal de tu silueta. Entonces me fui a recorrer el mundo, con la idea de que no buscándote tal vez te encontrara. Recuerdo tu mueca cuando te dije que en París también se ponen los cuernos. No es el lugar, es la lealtad que habita en uno. El papel de buena gente no le dura mucho al que lo finge. No sabes cuántas torres Eiffel hice con mis propias manos en la compañía de tu ausencia y mi lujuria. Cuantas noches pasé por el arco del triunfo para decir tu nombre antes del orgasmo, para volver al fracaso después de tenerlo. Ya no rompen las olas contra tus ojos de Diosa. Venecia es cualquier ciudad después de la lluvia. No sabes lo difícil que es hacer un charco con tus propias lágrimas. Dicen que lo peor del naufragio es la distancia que hay desde el accidente a la orilla. Lo que no mencionan es que la orilla, casi siempre es una persona. Que hacer pie no es una cuestión de altura ni de profundidad, si no de compañ...

De manzanilla para mi

Escribir sin saber que vas a leerme es un alivio. Me permite escurrirme entre los adjetivos y los momentos de tensión. En ese ir y venir que sucede cuando el poema va dando vueltas hacia una idea pero sin llegar a ninguna. Como nosotros. ¿A quién le estás contando sobre tu compañera de trabajo que tiene el pelo más duro que una escoba, mientras se te va creando la carcajada? La pandemia no debería entrar en este texto. La quise dejar afuera, pero ella ahora es parte de nosotros. Esa parte que conjugó la distancia. ¿Vos sabés lo difícil que es relacionarse en estos momentos? Que sí, que no. Que le di un like, que no le miré la historia, que no pude reaccionar y se me pasaron las 24 hs. Todo ese mundo que muchos ven cómo una ventaja me está agobiando. Quizás no sea eso, dijo mi analista el miércoles pasado. Quizás sea la falta, respondí yo, y ambos nos quedamos en silencio. Encontrarme con otro cuerpo es bastante fácil, pero encontrarme con el tuyo es muy difícil. La última vez que nos v...

Y ser yo, por ti, contigo.

Puedo traducir los gritos de Sharápova al idioma del gemido, escribir un relato sucio sobre sexo público en los baños de un bar de jubilados mientras bebo café en mi taza de princesas de Disney. Hacer un millón de flexiones si te pienso debajo, venderle mi alma a la primera mujer que me prometa no llevarme de compras a su próxima renovación de vestuario. Creo que podría hasta escribir un poema de amor. O bailar desnudo bajo la lluvia de invierno la canción de tus zapatitos de tacón sobre los charcos, regalarle mi lengua eléctrica a casadas que fingen los orgasmos. Podría coleccionar alfabéticamente posdatas que me hagan daño, mirarme durante más de tres segundos al espejo y no odiarme, no del todo. Buscar trabajo, dejar el pucho, el alcohol, la falopa, mi vida… debajo de un tren con destino a la nostalgia. Recitar un poema a gritos subido en un contenedor de basura, comerme tu lasaña, batir el récord de masajes en la espalda o aceptar “hijo de puta” como verso del amor que me profesas....

Malditos verbos.

Duele, tu ausencia son buques de guerra y mi espalda Normandía. Arde, pero me lavo las lágrimas con alcohol. Pica, y tus garras están tan lejos. Juzgan, pero no entienden el amor sin números. Atestiguan, sin certezas ni dudas. Y yo, cada vez con los pulmones más rotos que vos.

Para no olvidarme.

Estoy tardando en volver a ser yo. Porque me rompí en tantos pedazos que tengo el alma hecha un rompecabezas. Esta vez me estoy armando solo. Y preciso tiempo, porque... quiero recordarme bien. Así sí me rompo, lo hago sin miedo a olvidar quien soy.

Desobediente

No vuelvas. No se te ocurra un regreso. Murió la primavera, no marchitó, fue muerte, el verano pasó de largo, te juro que parecía un avión, un cometa, una puta estrella fugaz. No vayas a venir, ya no te espero. Tampoco las flores que te regalaba echan de menos tu pulso, ni tu voz, ni tu risa. A Diógenes, el gato que te maullaba desde el otro lado de la calle lo atropelló un auto. Fue una muerte rápida, no sufrió. Hay quienes tienen suerte. No se te ocurra una excusa cuando abra la puerta. Tampoco un escote, ni zapatos rojos, ni el vestido floreado. No se te ocurra un poema ahí en la entrada de casa, sin ni siquiera abrir la boca. Ya les dije a la tristeza, a la nostalgia, al llanto, ya le conté al río, a los árboles del parque, a la ausencia de tu calor. A mamá no le dije nada, ella siempre sabe. Ella dijo solamente, que cuando te dieras cuenta volverías. Pero no te des cuenta. Hay algo peor que no llegar nunca y es llegar tarde. Y siempre pierdo en la carrera contra el ocaso y me trag...