Escribir sin saber que vas a leerme es un alivio. Me permite escurrirme entre los adjetivos y los momentos de tensión. En ese ir y venir que sucede cuando el poema va dando vueltas hacia una idea pero sin llegar a ninguna. Como nosotros.
¿A quién le estás contando sobre tu compañera de trabajo que tiene el pelo más duro que una escoba, mientras se te va creando la carcajada?
La pandemia no debería entrar en este texto. La quise dejar afuera, pero ella ahora es parte de nosotros. Esa parte que conjugó la distancia. ¿Vos sabés lo difícil que es relacionarse en estos momentos? Que sí, que no. Que le di un like, que no le miré la historia, que no pude reaccionar y se me pasaron las 24 hs. Todo ese mundo que muchos ven cómo una ventaja me está agobiando.
Quizás no sea eso, dijo mi analista el miércoles pasado. Quizás sea la falta, respondí yo, y ambos nos quedamos en silencio. Encontrarme con otro cuerpo es bastante fácil, pero encontrarme con el tuyo es muy difícil.
La última vez que nos vimos fue un jueves. Cogimos toda la tarde, o hasta que el ocaso nos eclipsó el sudor. Después te llevé a tu casa porque dormir juntos siempre fue un ritual que nos confundía el corazón. En el camino dijiste con las vocales temblando y sin contexto alguno, que no había que alargar las cosas que habían terminado. Te pregunté si las cosas terminan y solamente me miraste. Desde ahí, tus conversaciones por chat empezaron a espaciarse cada vez más.
Tengo miedo de olvidarme de tu voz. Ya no recuerdo el roce de nuestros labios y nuestras manos. Eso me angustia. Cada día me acuerdo un poco menos.
Cuando nos separamos morí seis meses, después salí corriendo a ver si otros cuerpos podrían ayudarme. Como si pudiera borrar el tuyo con otra piel. No sirvió. Empeoró las cosas. En cada piel que iba tocando lo único que hacía era repasar mentalmente las diferencias que tenían con vos. Ese lunar no está ahí. Esos pezones no son iguales. El aroma no es el mismo. Los gustos, las exigencias, las miradas entre la luz tenue que ahora convertí en oscuridad total para imaginarte. ¿Por qué estos labios no me generan lo mismo? Una deriva interminable y sin sentido.
Estuve recorriendo los lugares de la casa que más te gustaban. Quizás todavía te gusten. Te encuentro en lo cotidiano de preparar un Té y que me grites desde la habitación “Amor, de manzanilla para mí”. Cuando estoy poniendo el agua en el pocillo, hago una pausa para ver si escucho tu voz.
El amor debería suceder en una casa alquilada, así no deja rastros visibles en nuestra cotidianidad cuando todo se muere.
¿A quién le estás contando sobre tu compañera de trabajo que tiene el pelo más duro que una escoba, mientras se te va creando la carcajada?
La pandemia no debería entrar en este texto. La quise dejar afuera, pero ella ahora es parte de nosotros. Esa parte que conjugó la distancia. ¿Vos sabés lo difícil que es relacionarse en estos momentos? Que sí, que no. Que le di un like, que no le miré la historia, que no pude reaccionar y se me pasaron las 24 hs. Todo ese mundo que muchos ven cómo una ventaja me está agobiando.
Quizás no sea eso, dijo mi analista el miércoles pasado. Quizás sea la falta, respondí yo, y ambos nos quedamos en silencio. Encontrarme con otro cuerpo es bastante fácil, pero encontrarme con el tuyo es muy difícil.
La última vez que nos vimos fue un jueves. Cogimos toda la tarde, o hasta que el ocaso nos eclipsó el sudor. Después te llevé a tu casa porque dormir juntos siempre fue un ritual que nos confundía el corazón. En el camino dijiste con las vocales temblando y sin contexto alguno, que no había que alargar las cosas que habían terminado. Te pregunté si las cosas terminan y solamente me miraste. Desde ahí, tus conversaciones por chat empezaron a espaciarse cada vez más.
Tengo miedo de olvidarme de tu voz. Ya no recuerdo el roce de nuestros labios y nuestras manos. Eso me angustia. Cada día me acuerdo un poco menos.
Cuando nos separamos morí seis meses, después salí corriendo a ver si otros cuerpos podrían ayudarme. Como si pudiera borrar el tuyo con otra piel. No sirvió. Empeoró las cosas. En cada piel que iba tocando lo único que hacía era repasar mentalmente las diferencias que tenían con vos. Ese lunar no está ahí. Esos pezones no son iguales. El aroma no es el mismo. Los gustos, las exigencias, las miradas entre la luz tenue que ahora convertí en oscuridad total para imaginarte. ¿Por qué estos labios no me generan lo mismo? Una deriva interminable y sin sentido.
Estuve recorriendo los lugares de la casa que más te gustaban. Quizás todavía te gusten. Te encuentro en lo cotidiano de preparar un Té y que me grites desde la habitación “Amor, de manzanilla para mí”. Cuando estoy poniendo el agua en el pocillo, hago una pausa para ver si escucho tu voz.
El amor debería suceder en una casa alquilada, así no deja rastros visibles en nuestra cotidianidad cuando todo se muere.

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