Puedo traducir los gritos de Sharápova
al idioma del gemido,
escribir un relato sucio sobre sexo público
en los baños de un bar de jubilados
mientras bebo café en mi taza de princesas de Disney.
Hacer un millón de flexiones si te pienso debajo,
venderle mi alma a la primera mujer que me prometa
no llevarme de compras a su próxima renovación de vestuario.
Creo que podría hasta escribir un poema de amor.
O bailar desnudo bajo la lluvia de invierno
la canción de tus zapatitos de tacón sobre los charcos,
regalarle mi lengua eléctrica
a casadas que fingen los orgasmos.
Podría coleccionar alfabéticamente posdatas que me hagan daño,
mirarme durante más de tres segundos al espejo
y no odiarme,
no del todo.
Buscar trabajo,
dejar el pucho,
el alcohol,
la falopa,
mi vida… debajo de un tren con destino a la nostalgia.
Recitar un poema a gritos
subido en un contenedor de basura,
comerme tu lasaña,
batir el récord de masajes en la espalda
o aceptar “hijo de puta”
como verso del amor que me profesas.
Cumplir las promesas, todas,
incluso aquella del siempre y nosotros
y que tu genética y la mía
llenen la alfombra del salón
de aviones de juguetes
y muñecas anoréxicas.
Vivir incluso,
si me dejas.
Y aceptar a García Márquez como escritor de cabecera,
gato, como animal doméstico,
puzzle como domingo de lluvia.
Cambiar los focos sin electrocutarme,
no espiar la agenda de tus amantes afortunados,
no odiarte,
cuando el odio es lo más cerca
que estoy de sentir algo por ti.
Visitar la tumba de aquellos a los que quise,
ver el mar como algo poético
ignorando por completo los nuevos bikinis de las chicas.
No dormir sin ti
sin soñar contigo.
Podría compartir mi almohada,
celebrar mis siguientes cumpleaños,
abrir una cuenta corriente a tu nombre
con los besos que te debo
multiplicarlos por mil
y pagártelos una de esas noches
en la que me tiemble tu curriculum en la boca.
Y ser yo
por ti
contigo.
Incluso sin mí,
si quieres ser tú
en mí mismo.
Pero no vuelvas a pedirme que te olvide
porque eso a estas alturas de mi vida
ya lo puedes bautizar como imposible.
al idioma del gemido,
escribir un relato sucio sobre sexo público
en los baños de un bar de jubilados
mientras bebo café en mi taza de princesas de Disney.
Hacer un millón de flexiones si te pienso debajo,
venderle mi alma a la primera mujer que me prometa
no llevarme de compras a su próxima renovación de vestuario.
Creo que podría hasta escribir un poema de amor.
O bailar desnudo bajo la lluvia de invierno
la canción de tus zapatitos de tacón sobre los charcos,
regalarle mi lengua eléctrica
a casadas que fingen los orgasmos.
Podría coleccionar alfabéticamente posdatas que me hagan daño,
mirarme durante más de tres segundos al espejo
y no odiarme,
no del todo.
Buscar trabajo,
dejar el pucho,
el alcohol,
la falopa,
mi vida… debajo de un tren con destino a la nostalgia.
Recitar un poema a gritos
subido en un contenedor de basura,
comerme tu lasaña,
batir el récord de masajes en la espalda
o aceptar “hijo de puta”
como verso del amor que me profesas.
Cumplir las promesas, todas,
incluso aquella del siempre y nosotros
y que tu genética y la mía
llenen la alfombra del salón
de aviones de juguetes
y muñecas anoréxicas.
Vivir incluso,
si me dejas.
Y aceptar a García Márquez como escritor de cabecera,
gato, como animal doméstico,
puzzle como domingo de lluvia.
Cambiar los focos sin electrocutarme,
no espiar la agenda de tus amantes afortunados,
no odiarte,
cuando el odio es lo más cerca
que estoy de sentir algo por ti.
Visitar la tumba de aquellos a los que quise,
ver el mar como algo poético
ignorando por completo los nuevos bikinis de las chicas.
No dormir sin ti
sin soñar contigo.
Podría compartir mi almohada,
celebrar mis siguientes cumpleaños,
abrir una cuenta corriente a tu nombre
con los besos que te debo
multiplicarlos por mil
y pagártelos una de esas noches
en la que me tiemble tu curriculum en la boca.
Y ser yo
por ti
contigo.
Incluso sin mí,
si quieres ser tú
en mí mismo.
Pero no vuelvas a pedirme que te olvide
porque eso a estas alturas de mi vida
ya lo puedes bautizar como imposible.

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