Podrías pensar que tengo razones suficientes para querer cogerte, que la amabilidad de mis palabras es el disfraz atípico de lo perverso. Imaginar también que este ímpetu en subirte la autoestima, conlleva consigo el deseo de querer bajarte la tanga. Puedes sospechar incluso que contigo mi lengua se está moviendo siempre en el lugar equivocado. Que al fin y al cabo soy un hombre. (Esa maldita etiqueta) Y tú eres tan bonita que todavía no me creo que no haya una ciudad con tu nombre. Que cada vez que descruzas las piernas sube la marea y hay un naufragio del que no quiero salvarme. Y tienes esa pose imperfecta, entre la ingenuidad y el descaro, entre lo cotidiano y lo irreal, que consigue hacer terrible todo aquello que está lejos de ti. Puedes tener el total convencimiento, de que cada adjetivo lleva implícito una miga de pan para no perder el camino hacía tu boca, que cada verbo es una pista de hielo para hacer que resbales lentamente y tu caída y mi mano parezcan una más de nuestras ...
Si no escribo me muero.