Por eso es mi mundo,
porque siempre que yo la amo mucho,
se vuelve geografía.
Y obviamente no puedo decirle lo que me gustan sus tetas,
así tan bruscamente,
porque si se lo hago a ella, a mi mundo,
se le tuerce el labio de abajo
como si sólo supiera respirar hacia dentro
y yo tengo que besarla por miedo a que se ahogue.
Entonces le cuento lo que me gustan
esas dos montañas que le crecen
alrededor del corazón
y que justo debajo del ombligo
tiene una ciudad que se llama lujuria.
Y es cuando el labio de arriba es el que se abre
y el de debajo lo acompaña como si bailaran un tango
con esa lentitud tan bella
que parecen escapar de su garganta
doscientas cincuenta y siete mariposas de todos los colores,
y yo me poso en su boca y me las trago todas,
hasta que en mi vientre el amor me vomita por dentro.
No saben lo bello que París le habita por los piernas,
y yo ceno allí tan relajado
mojándome la barbilla,
y lo hermoso que es poder lamerle
la puntita a la torre Eiffel
y hablar francés sin palabras
en el arco del triunfo que dibujan
sus tobillos en el aire.
Y sortear con mis dedos los acantilados de su espalda
y morder suavemente las colinas de sus hombros
y beber del rio que nace de su nuca,
que desemboca entre sus nalgas,
que se hace catarata entre sus piernas
y me estalla en la cara sin permiso.
Y navegar por su columna vertebral
y hacer un viaje de ida al mismo centro de su ombligo
y que se invente una isla en la palma de su mano
para poder naufragar entre sus dedos.
Por eso es mi mundo,
porque siempre que yo la amo mucho,
se vuelve geografía.
se vuelve geografía.
Y obviamente no puedo decirle lo que me gustan sus tetas,
así tan bruscamente,
porque si se lo hago a ella, a mi mundo,
se le tuerce el labio de abajo
como si sólo supiera respirar hacia dentro
y yo tengo que besarla por miedo a que se ahogue.
Entonces le cuento lo que me gustan
esas dos montañas que le crecen
alrededor del corazón
y que justo debajo del ombligo
tiene una ciudad que se llama lujuria.
Y es cuando el labio de arriba es el que se abre
y el de debajo lo acompaña como si bailaran un tango
con esa lentitud tan bella
que parecen escapar de su garganta
doscientas cincuenta y siete mariposas de todos los colores,
y yo me poso en su boca y me las trago todas,
hasta que en mi vientre el amor me vomita por dentro.
No saben lo bello que París le habita por los piernas,
y yo ceno allí tan relajado
mojándome la barbilla,
y lo hermoso que es poder lamerle
la puntita a la torre Eiffel
y hablar francés sin palabras
en el arco del triunfo que dibujan
sus tobillos en el aire.
Y sortear con mis dedos los acantilados de su espalda
y morder suavemente las colinas de sus hombros
y beber del rio que nace de su nuca,
que desemboca entre sus nalgas,
que se hace catarata entre sus piernas
y me estalla en la cara sin permiso.
Y navegar por su columna vertebral
y hacer un viaje de ida al mismo centro de su ombligo
y que se invente una isla en la palma de su mano
para poder naufragar entre sus dedos.
Por eso es mi mundo,
porque siempre que yo la amo mucho,
se vuelve geografía.
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