Era marzo, había llovido tanto que los charcos pensaban que eran parte del mar. Crecían flores por las grietas de las veredas, por eso no te vi en ese momento, cuando pasaste por mi lado. Crei que te conocia de antes, un año, tal vez dos, a cierta edad el tiempo que transcurre solo se cuenta en chocolates y sonrisas complicadas de traducir. Tocaste mi espalda creo, aunque tal vez fue mi espalda la que acarició tu mano. Vos siempre fuiste la alegría de los perros callejeros, y yo me sentí uno de ellos. Luego sonreíste. Voy a confesar que de no hacerlo ni siquiera hubiera sabido que eras vos. Pero esa sonrisa era mía, la había provocado yo. Incluso en ese tiempo que se la habrás regalado a cualquiera sabía que me pertenecía. Perdon, el tiempo es una percepción humana y yo nunca me sentí muy humano que digamos. Julio, a punto de cumplir años y pedir el deseo de que no te vayas. Y te pegaste a mi espalda para que tu aroma nunca más se vaya de mi. ...
Si no escribo me muero.