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Alpha.

La primera vez que dijo mi nombre
caí en la realidad de lo mucho que pesaba ser yo,
luego dio una profunda pitada a su cigarro
como si el mundo entero dependiera de su boca,
y yo, que nunca he querido ser nada,
ni siquiera héroe y mucho menos villano
quise ser de humo.

Llevaba un vestido negro y flores en el pelo,
o al menos así la imaginaba.
Se había colocado una sonrisa bien temprano
detrás del témpano de su seriedad primaria,
y la mueca de felicidad oculta 
se le extendía por el rostro
como una enfermedad terminal.
Igual que aquel montoncito de pecas
por encima de sus pómulos,
como si su piel estuviera en constante guerra
por cambiar de color.

No tenía edad ni venía de ningún lado,
sus manos construían amaneceres en la playa
en una ciudad donde el mar solo habitaba
en las postales de las librerías.

Se convirtió en otoño y marchitó
todas las flores de su cabello,
enlutó el suelo de la habitación con todas 
las parejas que alguna vez había tenido.
Y desnuda en diez segundos de paisaje
desfilaron por mis neuronas muertas
todas las mujeres de mi vida
en una interminable huelga de caricias.

Y hubieron besos pornográficos
y un suicidio colectivo de espermatozoides
en el bello valle prohibido de su entrepierna.
Luego con la vista perdida
en un horizonte lejano de mi pecho
se encendió otro cigarro y volvió a nombrarme,
y yo, que nunca he querido ser de nadie,
ni siquiera mío,
quise ser de humo, de su boca y suyo.

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