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Ocho cielos y ocho infiernos.

Hay veces que quisiera tomarte una fotografía
que dure más que la tristeza que siento cuando no estás.
Que las lágrimas sea más efímeras
que la eternidad de tus besos sobre ellas.

Hay veces que los pelos en punta
de todo mi cuerpo no alcanzan
para expresar la felicidad que tengo
cuando mis ojos te encuentran.

Me desbragueto el alma
cada vez que escucho el derrumbamiento
de tus pensamientos impuros
sobre tu realidad alternativa.

El deshojar de tus pulmones
cada vez que decís que no fumas más,
y esa pared de humo que largas
con el supuesto último pucho.

Ya pasaron ocho meses desde
que encontré en tus ojos todas
las estaciones juntas.

Y por estaciones me refiero a dos cosas:
Verano, invierno, otoño y primavera.
Y un sin fin de lugares a los cuales llegar
cuando me subí a esa locomotora que
tenés por cabeza, con tantos destinos
como paisajes.

Hoy más que nunca agradezco
que la simpleza y la complejidad
se hallan unido en esto que
llamamos amor.

Una tira tragicómica infinita,
o al menos eso espero.
Que el tiempo no sea una barrera
si no más bien una soga de donde
agarrarnos cuando vayamos para adelante.

Juntos, o separados por milímetros
o millas, pero juntos en espíritu.
Caminando sobre los pensamientos
de los dos, un poquito en los tuyos
y un poquito en los míos.

Y que en algún lugar del universo
se crucen y hagan explosión.
Y de esa acumulación de átomos
seamos nuevos cada día.

Que la renovación constante de nuestros
seres sea un ejemplo de lo que hay
que hacer para permanecer juntos.
Y que juntos no sea simplemente una palabra,
qué juntos, sea una acción.

Te amo, desde lo más profundo
de mi depresión y mi alegría,
desde todas mis ambigüedades,
desde todos los puntos cardinales
y universos desconocidos.

Te amo, amor de vida,
te amo, Luana González.



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