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Casi filántropo.

Era marzo,
había llovido tanto
que los charcos pensaban que eran parte del mar.
Crecían flores por las grietas de las veredas,
por eso no te vi en ese momento,
cuando pasaste por mi lado.

Crei que te conocia de antes,
un año, tal vez dos,
a cierta edad el tiempo que transcurre
solo se cuenta en chocolates
y sonrisas complicadas de traducir.

Tocaste mi espalda creo,
aunque tal vez fue mi espalda la que acarició tu mano.
Vos siempre fuiste la alegría de los perros callejeros,
y yo me sentí uno de ellos.
Luego sonreíste.

Voy a confesar que de no hacerlo
ni siquiera hubiera sabido que eras vos.
Pero esa sonrisa era mía,
la había provocado yo.

Incluso en ese tiempo que se la habrás regalado a cualquiera
sabía que me pertenecía.
Perdon, el tiempo es una percepción humana
y yo nunca me sentí muy humano que digamos.

Julio, a punto de cumplir años
y pedir el deseo de que no te vayas.
Y te pegaste a mi espalda para que tu aroma
nunca más se vaya de mi.

Las lagunas que recorrían tus ojos eran internas,
nunca vi a alguien esforzarse tanto para no llorar.
Querías salir corriendo pero estabas clavada en el amor.
Solo espero que las heridas hayan sanado
y que los clavos se hayan convertido en deseo de estar.

Pasaron cosas, dijo algún Presidente una vez,
no vamos a entrar en detalles.
Solo sé que seguis acá, pegada a mis venas,
arreglando cada vez un poco más a este ser
que quiere ser cada vez más humano.

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