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Paraguas.

Como un paraguas en mitad de un vendaval.
Así me siento.

Es domingo y parece domingo,
odio que los días sean exactamente lo que parecen.
Acostumbrado a que un lunes cualquiera fuera una fiesta,
que un martes por la tarde tres orgasmos,
que un sábado de lluvia una orgía.

Porque nosotros cogíamos los dos
pero tu eras tantas mujeres a la vez
que ni siquiera sabía con exactitud
con quien me estaba entregando.

Si a la inocente o a la hija de yuta,
si a la aprendiz de caricias
o a la dueña del descaro,
si a la de arrodíllate pendejo
o a la sumisa complaciente que le cabía
todo mi amor en la garganta.

Es domingo y parece domingo.

Ni siquiera llueve.
Amenaza con hacerlo en el gris de un cielo
que parece que invoca a la tristeza
pero no ha caído una gota en toda la tarde.
Soy como una actriz que necesita una lágrima
para dar veracidad al guión
y no deja de reírse.

Solo que yo no me río.
¿Quién carajo es capaz de reírse un domingo?
A un domingo sin ti me refiero,
porque cuando tú estabas conmigo
ni siquiera me detenía a pensar en el día
en el que estábamos anclados.
Simplemente era feliz.

Y la felicidad y el tiempo son antónimos.
¿O no te ha pasado que un minuto
se te ha hecho eterno
y en cambio toda una eternidad
parece haber pasado en un minuto?
Y con eternidad me refiero a ti.
Y con minuto también.

Porque también tú eres un antónimo.
Mi antónimo preferido.

Domingo,
los domingos tienen las cosquillas
en la palma de tus manos,
los besos en la punta de tu lengua,
el morbo en la canción de tus tacos.
Me asomo a la ventana y el paisaje
me llena de tu ausencia.

Observo la calle con los ojos
de un perro abandonado sin consuelo
a cien kilómetros de casa.
Te recuerdo cosiendo el futuro en un sofá
que tu misma elegiste,
pintando mares a pincel
para que la humedad
empezara siempre por los ojos,
buscando el tesoro por debajo de la mesa,
llenando la despensa por el orden
que te marcaba el hambre.

Te recuerdo desnuda en el espejo,
persiguiendo estrías con los dedos afilados
como cuchillos de asesino.
Cantando bajo la ducha en un idioma intraducible,
recitándome a poetas que odio más ahora que antes,
bailando por el pasillo contigo misma
como si la vida no supiera pisarte los pies.

Te recuerdo
y al recordarte me olvido,
que no sé recordar muy bien que soy
hasta que olvido.
Y al recordarme sin ti vuelvo al recuerdo
y al olvidarme de mí,
gana tu olvido.
Y ni siquiera ya sé si era domingo,
o me he vuelto a equivocar como otro jueves.

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