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Matemáticamente doloroso.

Me dejaste contando contra la pared.
Un fracaso, dos fracasos, tres fracasos, cuatro fracasos.

Estaba pensando en lo que dijiste
sobre el muro sostenido por mi cara.
Y sí, es menos pesado que tus mentiras.

Y como soy un pelotudo,
porque aparte de ser poeta,
también soy un pelotudo,
y para serte sincero
no me falta mucho
para usarlo de sinónimo.

También pensaba en como
volar de la luna de mi noche
al sol de tus mañanas.

Y hablar de la lluvia,
hasta que sea música.
Y si no llueve,
lloraré como un valiente
para mojarte los ojos,
porque a veces el mar
también cabe en una lágrima.

Cinco fracasos, seis fracasos, siete y ocho y nueve.

Lámparas violetas
y una bañera para cinco
por si pinta una orgía
entre mis manos y las tuyas.

Por si al muelle de tu espalda
lo tengo que nadar con mis pupilas.
Por si tengo que naufragar
en la isla de tu pubis.

Te voy a escribir frases de amor
en la página sesenta y nueve
de todos los libros que empieces
y que vas a tener que terminarlos
otro día porque viste como es
la masturbación de caprichosa.

Diez, once, doce, trece.

Veremos el atardecer desde el otro lado del mundo,
aprenderemos diferentes idiomas
para que nadie entienda esta forma de amarse.

Ladraré por una caricia,
rechazaré otras humedades,
respiraré para atrapar tu aire.

Catorce fracasos, quince fracasos, dieciséis fracasos.

Juzgaremos los gemidos de los vecinos,
jugando al “dolor de tu talón en mi pecho”.
Ese juego que nunca te cansas de jugar.
Jamás gané.

Inventaré nuevos atajos de tu sexo a tus gritos,
laberintos inexpugnables de tus pies a tu lengua.

Y nos haremos promesas imposibles,
equilibrio borracho en las veredas,
buscando besos en nuestra hambre.

Habitaré cada poro de tu piel,
una guerra sin empate entre tus piernas,
un perdón por morderte el cerebro,
una duda de inmortalidad en tu vientre.
El quererte quedó hace mucho tiempo atrás.
No sé cuánto te amo.

Vas a sembrar en cada duda
un hermoso adjetivo,
en cada complejo tu boca
hará el amor a mi ego,
en cada herida otra herida,
en cada luz otro eclipse,
por cada cerveza mil besos.

Y con voz eterna vas a decir
que nadie se interpondrá entre nosotros,
que nadie te ha besado como yo,
que nadie te ha garchado como yo.

Y esta vez “nadie” puede ser rubio
y tener dragones tatuados en la espalda,
o uno de esos morochos con ojos de buhardilla
y boca de cuento
y que come perdices.

Diecisiete, dieciocho, diecinueve y veinte.

— Voy. Dije.
Pero ya no estabas.

Y por supuesto, comencé a contar de nuevo.
Por si acaso.



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