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Te cuento algo.

Hoy te hablaré del ego,
no de las esquinas dobladas de las hojas,
ni del matorral que crece sin permiso
detrás de la casa donde vives.

No te hablaré de que fumo
dos atados de puchos al día
porque me faltan tus besos.

Yo no voy morir de cáncer,
lo haré de amor
pero explícale tú eso a cualquier médico de cabecera.

Sobre todo te hablaré del ego.

El ego querida, es un espejo mentiroso,
un amigo de verdad,
un exnovio con nostalgia.

Recuerdo cuando miss universo
dijo en una revista
que la belleza estaba en el interior,
te juro por mi vida, que pensaba
que se iba a desnudar en la siguiente página
pero no, la muy cínica lo decía en serio.

Del silencio solo puedo declarar
que solamente ha conseguido inquietarme
cuando eras tú la que no hablabas.

Pero hoy únicamente te hablaré del ego,
no de los cordones de la vereda donde tropiezan mis sueños,
ni del verbo capaz de detener tu reloj de pulsera.

El ego no es sinónimo de maniquí,
tampoco sale en los anuncios de perfume,
no habita en las canciones de moda,
ni siquiera se compra en una clínica
donde te moldean al gusto
del consumo más básico.

El ego, es un poema donde cabe tu nombre,
una báscula que no entiende de números,
una sombra que te lame la piel.

El ego, es ese amor propio,
que se convierte en mutuo,
no porque te falte para quererte
sino porque te sobra para ofrecerlo.

Mi abuelo decía que la felicidad era un lugar,
no un instante,
ni una risa,
ni besos,
ni dinero,
ni siquiera paz.

Un lugar, repetía,
yo no lo entendí hasta que te tuve cerca
y supe que ese lugar era contigo.

No en el ego, ni en esta persecución
absurda de lunares,
ni que lo mejor del café del bar de enfrente
es la figura desconcertante cuando te sientas frente a mi.

De la esperanza sólo puedo declarar
que es una mujer sin tanga a la que el viento
jamás tuvo fuerza para levantarle el vestido.

El ego ¿Te acordás?

Tú de rodillas y yo gimiendo,
o tu sentada en el borde del
precipicio de mi quijada
manejando las olas,
como si además de mujer
también fueras una isla.
Como si además de naufragio,
también fueras el rescate.

¿Te acordás?

Tú eligiendo el color de mis camisas
para que combinara con el de tus zapatos,
tú pidiendo otra copa
y yo esperando besarte
para que el vodka
nos supiera más dulce.

No mencionaré nada sobre lo sencillo
que es pedir perdón para los hijos de puta,
tampoco sobre lo inútil de la venganza
si no hay una risa de por medio,
ni siquiera de aquel ramo de flores
que nunca te regalé
por si la primavera
me odiaba por dejarla marchitar
en un jarrón con agua de la canilla.

¿Te acordás?

Tú observando atardeceres
y yo tu culo.
Tu perdida en las estrellas
y yo en tu vientre.
Tú pidiendo un taxi
y yo disculpas.

Sobre la guerra solo puedo declarar,
que un portazo es un tiro,
un insulto una bomba,
un bostezo la muerte.

Solo del ego.

Y si algún día me lo devuelves
también hablaré de ti.
Y de nosotros.

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