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Cada vez que te veo termina lloviendo.

Podría haber salido el arcoiris que yo, 
no hubiera visto más que el brillo de tus ojos. 
Recuerdo que era marzo. 
Yo había dejado de cumplir años para no molestar a mi ego. 
Te habían crecido las pestañas más allá de la cordura. 
Ahí cabían todas las promesas. 

Seguramente yo dije un para siempre después de un beso. 
Y tú le pusiste nombre a nuestra primera hija, 
antes de la quinta despedida. 

Nunca fue tan cómodo un banco de piedra 
si tu estabas a mi lado. 
Nunca una canción superó tu risa. 
Nunca me tembló tanto el alma, 
como cuando atravesé por debajo de tu blusa, 
aquel acantilado de tu pecho. 

Luego la vida se nos hizo grande, 
dejamos el amor aparcado y pensamos que la felicidad, 
no podía depender del otro, sino de uno mismo. 
Nos equivocamos. 
No hemos dejado nunca de equivocarnos pero supongo 
que ningún error duele igual que el primero. 

Tú con aquellas pecas diminutas cayendo 
por tus pómulos como una lluvia de verano. 
Yo con aquellos lunares en la espalda por donde 
tú dedo dibujaba galaxias que nadie más descubriría después de ti. 

Obviamente no fue para siempre. 
Hemos coincidido en un evento, 
nos hemos mirado, 
creo que ambos sin ningún éxito hemos intentado volver al pasado, 
mientras tú pedías ginebra y yo un ron. 

Hemos mentido sobre la salud, 
nos hemos sincerado sobre el olvido.
Como sí lo cotidiano fuera maravilloso, 
hemos sonreído para que ninguno dudara de la felicidad del otro. 
Ojalá hubiéramos sido tan valientes de abandonar la edad 
y sobre aquella barra dejar a los niños que fuimos, 
dos niños negándose a crecer, 
hablando del amor, 
como lo que pensábamos que sería, 
no como finalmente acabó siendo. 

Pero era tarde. 
Creo firmemente que la única vez en mi vida 
que llegué pronto a algún sitio, fue a tus labios. 
Demasiado pronto tal vez. 

Luego mientras fumaba, el horizonte a los lejos 
ha dibujado un arcoiris y yo otra vez, 
solo he visto el brillo de tus ojos. 

Y luego, luego creo que ha llovido.

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