Me ha atado las manos por detrás de la cabeza,
Que ya es tarde.
Dice también que yo ya no le voy
Que a estas alturas de su vida, ya sabe
que el amor ni se busca ni se dobla,
solo se rompe,
o llega tarde,
La última vez que dijo te quiero
estaba frente a un espejo
y era mentira.
Da un largo trago
de algo que hay en la copa,
luego lame mis cicatrices como
si tuviera el poder de abrirlas de nuevo
y me cose un beso sin lengua
donde me sobra el amor.
Estoy desnudo.
Ella sigue vestida.
Parece invierno si la miras a los ojos.
Juraría cada vez que se aproxima
se avecina una tormenta.
Y yo nunca juro en falso.
Las promesas son otra historia,
dice que me va a robar todas las caricias
que no le di pensando en otras.
que no le di pensando en otras.
Que ya es tarde.
Dice también que yo ya no le voy
a sostener la sonrisa.
(Creo que fue lo que más me dolió en la vida)
Que jamás la veré otra vez debajo de mi cintura.
Que le duelen las rodillas de buscar el amor
y le duele el amor de doblar las rodillas.
y le duele el amor de doblar las rodillas.
Que a estas alturas de su vida, ya sabe
que el amor ni se busca ni se dobla,
solo se rompe,
o llega tarde,
o el pelotudo enamorado no sabe que hizo mal.
Muerde justo donde debía haber un corazón.
Se asegura del latido y abandona.
Tiene el pelo hecho del viento
que levanta las faldas de todas las mujeres
y el ánimo de todos los hombres.
Yo sigo creyendo que soy un hombre.
Ella lo duda.
Podrían ser cosquillas pero duele.
Muerde justo donde debía haber un corazón.
Se asegura del latido y abandona.
Tiene el pelo hecho del viento
que levanta las faldas de todas las mujeres
y el ánimo de todos los hombres.
Yo sigo creyendo que soy un hombre.
Ella lo duda.
Podrían ser cosquillas pero duele.
La última vez que dijo te quiero
estaba frente a un espejo
y era mentira.
Da un largo trago
de algo que hay en la copa,
luego lame mis cicatrices como
si tuviera el poder de abrirlas de nuevo
y me cose un beso sin lengua
donde me sobra el amor.
Estoy desnudo.
Ella sigue vestida.
Parece invierno si la miras a los ojos.
Juraría cada vez que se aproxima
se avecina una tormenta.
Y yo nunca juro en falso.
Las promesas son otra historia,
resumiendo,
jamas le rompi ninguna.
Me clava las isobaras en el vientre,
me llena los párpados de nubes grises,
secuestra al sol de entre mis piernas
y relampaguea con fuerza por mi rostro
hasta que su saliva
tatua una lluvia interminable
que me baja desde el cuello
hasta la orilla.
Soy un charco que refleja su sonrisa.
Una ola que se rompe en mi pasado.
Una gota de sudor de su mejilla.
Me habla de otros, esa es su tortura.
Todo el masoquismo le cabe entre los labios.
Se sienta en una silla
y me cuenta las veces que ha reído sin mí,
hace un balance alfabético por los hombres de su vida,
dobla mi ego hasta que decido abandonarlo,
ella lo recoge con asco, al borde de la cama
y lo lanza lejos de mi vista.
No lo vas a necesitar. Dice.
Yo diré cuándo estás lindo. Y ríe.
Y su risa a pesar de todo
es lo mejor que me ha pasado
en la última década.
Habla ella pero es mi voz
la que suena desde el fondo.
El mismo reproche,
la misma garganta.
La misma cara de idiota
que en las fotos.
Desata el nudo de mis manos
como si la libertad fuera parte de la condena,
me hace cerrar los ojos,
sé que no estará cuando los abra.
Años dejándome su recuerdo a los pies de la cama,
su olor en un rincón de mi memoria,
su boca en lo más intimo de mis sueños,
sus manos en la dura batalla
contra la nostalgia.
Opté por el camino
contrario a su cintura,
dejando su culo sentado en un banco,
donde nunca nadie más ha esperado un beso,
y al que acudo una vez por mes
para que su lluvia
me humedezca los recuerdos.
Me clava las isobaras en el vientre,
me llena los párpados de nubes grises,
secuestra al sol de entre mis piernas
y relampaguea con fuerza por mi rostro
hasta que su saliva
tatua una lluvia interminable
que me baja desde el cuello
hasta la orilla.
Soy un charco que refleja su sonrisa.
Una ola que se rompe en mi pasado.
Una gota de sudor de su mejilla.
Me habla de otros, esa es su tortura.
Todo el masoquismo le cabe entre los labios.
Se sienta en una silla
y me cuenta las veces que ha reído sin mí,
hace un balance alfabético por los hombres de su vida,
dobla mi ego hasta que decido abandonarlo,
ella lo recoge con asco, al borde de la cama
y lo lanza lejos de mi vista.
No lo vas a necesitar. Dice.
Yo diré cuándo estás lindo. Y ríe.
Y su risa a pesar de todo
es lo mejor que me ha pasado
en la última década.
Habla ella pero es mi voz
la que suena desde el fondo.
El mismo reproche,
la misma garganta.
La misma cara de idiota
que en las fotos.
Desata el nudo de mis manos
como si la libertad fuera parte de la condena,
me hace cerrar los ojos,
sé que no estará cuando los abra.
Años dejándome su recuerdo a los pies de la cama,
su olor en un rincón de mi memoria,
su boca en lo más intimo de mis sueños,
sus manos en la dura batalla
contra la nostalgia.
Opté por el camino
contrario a su cintura,
dejando su culo sentado en un banco,
donde nunca nadie más ha esperado un beso,
y al que acudo una vez por mes
para que su lluvia
me humedezca los recuerdos.
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