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Para! Por favor, no me toques.

Me prende fuego, me manosea, me eleva mi espada, saca chispas en mi miembro. La saboreo, que rica está, la quiero cenar una y otra vez. Me abre las compuertas del placer y me concede acceso. Primero entro por su zona de placeres mediocres. Me deleito un rato con su calor y suavidad. Luego voy por un placer mas fuerte, mas fuerte que ella, penetro su otra puerta, cuesta abrirla al principio, a veces duele, a veces no. Se estremece entre calambres intestinales que no puede controlar, pero sigue, se retuerce plenamente y comienza a darse amor. Su dedos bilingües empiezan a hablarle a su sexo suavemente.

¿Que le dirá? Hay veces que quisiera entrar en sus sueños para saberlo. Mi incertidumbre no me detiene y continuo cada vez mas duro dentro de ella. En un determinado momento, cuando su éxtasis se lo dicta, libera sus protuberancias delanteras. Dos montañas de picos rosados ardientes que me llaman a escalarlas. Uso mis manos para trepar por ellas, llego y grito cumbre! Me arrodillo ante la victoria y la beso con mi boca, con mi lengua suave, para reclamar esa tierra de dioses a la que admiro.

Su respiración se vuelve majestuosa, se vuelve mas liviana, empieza a erupcionar entre jadeos y retorsijones, ya casi esta, esta llegando, ya vino.

Que placer verla temblar, no poder tocarla, su hipersensibilidad brilla mas que la tenue luz que alumbra mi cueva. Y ahí queda, asombrada por su placer, con sus labios llenos de amor y su ojos semi caídos atrapando ternuras posteriores.

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