Es tan bonita que no le silban por la calle, la tararean. Deberías verla, la poesía no alcanza su belleza. Da igual lo que escriba, no la abarca, no rozo ni siquiera su silueta. Es como pretender hablar del sol, poniendo como ejemplo una lámpara. Como en un triste charco de domingo querer reproducir toda la lluvia. Deberías verla, caminar como si en su reloj siempre fueran menos cinco y cada paso adelante conllevara un atajo. Como si el equilibrio estuviera enamorado de la suela de sus zapatos y dejara tras su ausencia borrachos de nostalgia y abandono. Sus manos son pequeñas, sin embargo le cabe en una palma mi existencia, sus dedos son diez náufragos heridos, la isla es una curva de mi espalda. Su pelo es casi rubio (y digo casi) nunca el brillo me opaco tanto, su boca es casi dulce (y digo casi) nunca un adiós me supo tan amargo. Deberías verla, sonreír como quien deja de propina un billete grande, conseguir con la amplitud de su presencia que también la próxima estrella que muera l...