Es tan bonita
que no le silban por la calle,
la tararean.
Deberías verla,
la poesía no alcanza su belleza.
Da igual lo que escriba, no la abarca,
no rozo ni siquiera su silueta.
Es como pretender hablar del sol,
poniendo como ejemplo una lámpara.
Como en un triste charco de domingo
querer reproducir toda la lluvia.
Deberías verla,
caminar como si en su reloj
siempre fueran menos cinco
y cada paso adelante conllevara un atajo.
Como si el equilibrio estuviera enamorado
de la suela de sus zapatos
y dejara tras su ausencia
borrachos de nostalgia y abandono.
Sus manos son pequeñas, sin embargo
le cabe en una palma mi existencia,
sus dedos son diez náufragos heridos,
la isla es una curva de mi espalda.
Su pelo es casi rubio
(y digo casi)
nunca el brillo me opaco tanto,
su boca es casi dulce
(y digo casi)
nunca un adiós me supo tan amargo.
Deberías verla,
sonreír como quien deja de propina un billete grande,
conseguir con la amplitud de su presencia
que también la próxima estrella que muera
lleve su nombre.
Verla,
floreciendo como una rosa en la terraza,
bailando casi desnuda canciones de la radio,
buscando enfadada las llaves en la cartera,
mi vida en su bolsillo,
la luna en los tacos de sus zapatos.
Quejándose frente al espejo de la mentira de los kilos,
lamiendo la cuchara del helado
hasta pervertir su reflejo y mi memoria.
Reírse,
volver a reírse,
equivocarse de día,
de mes,
de año.
De vida.
Llegar tarde,
que perdón y orgasmo sean sinónimos
y mi nombre un adjetivo.
Deberías verla, en serio,
llorar por la muerte de un oso en el ártico,
salvar a una hormiga del peso de mi pie,
robarme la almohada cuando ya me he dormido,
volver a la infancia en un solo relámpago
y que un abrazo le baste
para espantar a los monstruos.
Deberías verla,
aunque eso conlleve que después
ya no puedas olvidarla.
que no le silban por la calle,
la tararean.
Deberías verla,
la poesía no alcanza su belleza.
Da igual lo que escriba, no la abarca,
no rozo ni siquiera su silueta.
Es como pretender hablar del sol,
poniendo como ejemplo una lámpara.
Como en un triste charco de domingo
querer reproducir toda la lluvia.
Deberías verla,
caminar como si en su reloj
siempre fueran menos cinco
y cada paso adelante conllevara un atajo.
Como si el equilibrio estuviera enamorado
de la suela de sus zapatos
y dejara tras su ausencia
borrachos de nostalgia y abandono.
Sus manos son pequeñas, sin embargo
le cabe en una palma mi existencia,
sus dedos son diez náufragos heridos,
la isla es una curva de mi espalda.
Su pelo es casi rubio
(y digo casi)
nunca el brillo me opaco tanto,
su boca es casi dulce
(y digo casi)
nunca un adiós me supo tan amargo.
Deberías verla,
sonreír como quien deja de propina un billete grande,
conseguir con la amplitud de su presencia
que también la próxima estrella que muera
lleve su nombre.
Verla,
floreciendo como una rosa en la terraza,
bailando casi desnuda canciones de la radio,
buscando enfadada las llaves en la cartera,
mi vida en su bolsillo,
la luna en los tacos de sus zapatos.
Quejándose frente al espejo de la mentira de los kilos,
lamiendo la cuchara del helado
hasta pervertir su reflejo y mi memoria.
Reírse,
volver a reírse,
equivocarse de día,
de mes,
de año.
De vida.
Llegar tarde,
que perdón y orgasmo sean sinónimos
y mi nombre un adjetivo.
Deberías verla, en serio,
llorar por la muerte de un oso en el ártico,
salvar a una hormiga del peso de mi pie,
robarme la almohada cuando ya me he dormido,
volver a la infancia en un solo relámpago
y que un abrazo le baste
para espantar a los monstruos.
Deberías verla,
aunque eso conlleve que después
ya no puedas olvidarla.
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