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Li ber tad.

Ella no está loca, ella está libre. Libre de lo que a vos te da miedo, de lo que te perturba en tu día y en un tu noche. Ella no tiene caretas. Ella tiene una cara y es tan dura y firme como tu hipocresía, como tu temblequeo. Sus valores no tienen divisa, son como el viento que sopla la hoja de otoño, crocante y sin ataduras. Sus vestigios se transformaron en caricias. La veo y me palpita el alma, me tiembla la sangre, se me caen las convicciones. De repente el mundo es a colores. Se ríe y todo está bien en la tierra, todo tiene olor a recuerdos vistos desde un futuro cercano. Me gusta cuando me abraza con sus ojos. Ella se ve frágil, no se comprende, no se ve como yo la veo, como un ser extraordinario que todo lo puede. Un tsunami de amor que todo lo abarca.

Muchísimo.

Yo me amo. Muchísimo. Pero tengo tanto amor, que tengo muchas ganas de regalarte un poco. De amarte. De compartirlo como un cacho de pan. Aunque seas celiaca. Aunque después te duela la panza de tanto amor. Aunque tenga que abrazarte hasta que estés curada. Y seguir abrazándote por las dudas. Y hacerte el desayuno. Y la cena. Y ser mis besos tu postre. Recorrer tus perfectas vergüenzas con el filo de mis pupilas y gritarle a dios que el cielo está en la tierra. Que el paraíso está en tu cintura y que si miras fijo, se ven atardeceres floreciendo de tu cuello. Que en tu lengua fueron creados los océanos y que tus ojos son dos abismos al deseo. Pero cuando reís, cuando reís, la primavera llora de odio, porque sabe que ya no es lo que más se espera.

Sincericidio.

Me gusta amar con todas las fuerzas, con la locura que aún no está definida. Me gusta besar quemando bocas, dejando el ardor en la comisura. Abrazar como abraza el mar a las piedras de la costa, sin piedad ni miedo a que se rompan. Hablar al oído como si gritaran mil almas en el infierno, en un coro inundado de azufre y fuego. Soy intenso, escurridizo, pícaro y atorrante, todo lo incorrecto me define, todo lo correcto me da náuseas. Sí, estoy loco, y que? Vos estás sano y mira lo triste que te ves. Yo me llevo por delante el desagrado de la gente, los empujo con mis anchos hombros hacia el vacío de su integridad. Tu gourmet no le hace ni sombra a mi comida con provenzal. La saboreo tanto que me hace caer la lengua. Todo me huele a cigarrillos, excepto tu sonrisa que huele a pasto fresco, lleno de rocío brillante por el sol. No me tropiezo con la piedra, la pateo lejos y con fuerza, y si vuelve le pego un cabezazo de esos que no empardan. Y me quedo con los brazos abiertos disfrutando...

Greca.

Yo creo que en tus ojos descansa la bondad. Y se hamaca tu ternura. Que aunque oculta a veces esté. Retumba por todos lados. Agrieta paredes. Inunda desiertos. Tiñe a la luna de color amor. Cualquiera que ese fuera. Al final de cualquier arcoíris está tu sonrisa. Sin ella, por más que llueva y salga el sol, los prismas serían en blanco y negro. Vos le das color al mundo. Contraste. Brillo. Saturación. Y cuando de tus ojos sale el flash de cada pestañeo. Se crean ciudades y países. Todo junto, sin fronteras, como vos, que no tenes limites a la hora de amar.

La última oportunidad.

El hijo de la tormenta.

Entre rayos y centellas y con el poder de los vientos del sur, se hace presente este ser de presencia magnífica y poderosa. Conquistando con su primer llanto al mundo entero de los mortales. Este primogénito camina sobre las nubes sin temor a nada y ablanda cualquier corazón con su sonrisa divina. Ecos infinitos de aplausos se hacen escuchar en el mundo por su nacimiento prematuro, él no pudo aguantar más el encierro y decidió ser parte de la logia bastarda que es la vida. Caminará con paso firme y la frente en alto como todo Aymar. Destruyendo caminos para crear nuevos. Y si alguien se atreve a tocarle un pelo, se aplicará la frase que llevamos como estandarte: Detrás de un Aymar, están todos los Aymar. Y a partir de ahora, los Rodríguez también.