Yo me amo. Muchísimo. Pero tengo tanto amor, que tengo muchas ganas de regalarte un poco. De amarte. De compartirlo como un cacho de pan. Aunque seas celiaca. Aunque después te duela la panza de tanto amor. Aunque tenga que abrazarte hasta que estés curada. Y seguir abrazándote por las dudas. Y hacerte el desayuno. Y la cena. Y ser mis besos tu postre. Recorrer tus perfectas vergüenzas con el filo de mis pupilas y gritarle a dios que el cielo está en la tierra. Que el paraíso está en tu cintura y que si miras fijo, se ven atardeceres floreciendo de tu cuello. Que en tu lengua fueron creados los océanos y que tus ojos son dos abismos al deseo. Pero cuando reís, cuando reís, la primavera llora de odio, porque sabe que ya no es lo que más se espera.
Te amo, pero no tiernamente, no como vos crees que lo hago. No, te amo como a todo lo que me hace mal. Como el primer pucho de la mañana, que ahoga mis pulmones de placer y cáncer, como la primera cerveza de la noche, la que empieza a emborracharme, como esa línea de merca que destruye mi nariz mientras la voy disfrutando. Como el porro que me marea y me hace reír hasta descomponerme. Así te amo, como a una adicción, como a lo peor que hay en el mundo. Y perdón por la comparativa, pero para amar como te amo cualquiera prefiero no amarte.
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