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Hipocondría.

Siempre la hipocondría es una certeza,
a las que los médicos insisten en llevarme la contraria.

Ya ni siquiera me acuerdo cuando me dolías tú,
cuando aún sin saber el sitio,
podía decir tu nombre
y resumir así toda mi enfermedad.

Ya no debo besos,
no pago en lagrimas,
no pido treguas.
He cambiado el frío por una sombra,
que viene por la noche a darme los buenos días,
por si no despierto.

Le he puesto a mi última tristeza,
un nombre ridículo,
para avergonzarme de ella,
para esconderla en mi garganta,
para no tener que llamarla,
aunque ella venga de todos modos.
Como una ex al que se le olvidó el ego.
Como las cinco de la tarde.
Como un taxi a la dirección correcta.

Esto no viene al caso
pero había una vez una chica
que le tenía miedo a los abrazos.
Decía que en ellos la otra persona
se llevaba lo mejor de uno mismo.
Y luego me abrazaba.
Si te lo quedas tú no me importa. Decía.
Luego al tiempo se marchó
y a mí me quedó la sensación
de que fue ella quien me robó a mí.

Sobre la cornisa la vida es leve como un resbalón.
A lo lejos una pareja se besa,
todavía no saben que se odiarán mañana.
En el parque un niño juega con su celular,
mientras los columpios esperan
alguna racha de viento
que los devuelva a la vida.

Yo solo fumo,
observo la vida pasar,
a veces pienso en ella,
otras escribo en el polvo de la terraza,
nombres de hijas que nunca tendremos
y dejo que la lluvia los borre.
Casi nunca llueve.
Por eso tengo una familia
que no me reconoce.

Julia, así se llama la chica de tu buzón de voz,
sigue animándome a dejar algún mensaje
después del quinto tono.

Julia debe ser alta, más que tú,
sonríe menos,
tiene la tetas más grandes
y menos complejos.
Alguna vez juraría que me ha indicado mal
en alguna rotonda,
pero cualquier camino me resulta incorrecto
si no me lleva a tus piernas.
Así que no hay reproches.

Julia es fácil de olvidar porque solo existe en mi cabeza,
a ti todavía mi corazón,
te guarda un sofá con vista al fracaso.
Pero ya no dueles.
Ahora tengo enfermedades más importantes
que tu ausencia.
Ahora tengo manías más relevantes que quererte.
Ahora tengo vicios más destructivos que esperarte.

No viene al caso pero había una vez una chica
que me quiso hasta la muerte.
Así me lo dijo,
con la boca grande,
los ojos muy abiertos,
la piel erizada.
Hasta la muerte mi amor, hasta la muerte.
Supongo que se refería a la mía.
Ella aún vive,
en un adosado a las afueras
de mi alma.

He domesticado a los monstruos,
aunque ahora cierro todas las puertas con llave,
a veces incluso me olvidó de que soy ateo
y rezo en voz muy bajita,
como si tuviera miedo de mi propia fe.
Tomo café,
intento que el espejo no me grite alguna verdad
sobre las ojeras.
Abandoné aquel perfume que dormía
sobre tu pecho,
ahora solo huelo a mí
y es lo más parecido a la soledad
que me ha ocurrido nunca.
Antes del clonazepan me bastaba con tu boca.
Es curioso que el miedo
se escondiera de un beso.

No viene al caso pero había una vez una chica,
que a cambio de mi almohada
me prestaba sus sueños.
Supongo que fue al abrir los ojos
cuando empezó la pesadilla.
La almohada está ahí, en el mismo sitio.
¿Pero tú, cariño, dónde mierda estás?

Y no, no viene al caso,
o tal vez si,
decidanlo ustedes.

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