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Errantes.

Los he simulado

trescientas cuarenta mil treinta y tres veces.

Los he soñado:

sus días demasiado cortos

me envejecen

y me golpean;

sus días demasiado largos

asustan mis ganas de irme a dormir.

Estoy mareado, perdido,

es difícil encontrar el Sol.

Una noche estuve parado

sobre la superficie de Amaltea.

En unas horas,

el soberano Júpiter se asomó,

enorme, imponente.

Casi podía ver mis ojos reflejados en él.

Casi se tragó mi existencia.

Estoy aplastado, asfixiado,

es difícil de ver la eclíptica.

Otro día me senté en Caronte,

esperando que salga Plutón.

Mientras mi vitalidad se comprimía,

mis pupilas reclaman más luz.

Las costillas me oprimían el bazo.

O tal vez lo hacían estallar hacia fuera.

Estoy helado, detenido.

Tal vez aquí sea una escultura joven.

Me pongo feliz de ver a Achernar,

mientras mis pies descienden.

Porque no podría jamás tocar el suelo

en la superficie de Júpiter.

Me quemo, me disgrego.

Antares perniciosa, roja,

sos un encanto mortífero.

Estoy hundiéndome, envenenado,

me disuelvo.

Carbono, Hidrógeno, Oxígeno.

No sabía que su medida

me era tan necesaria.

El arco se tensa en otra dirección,

me lleno de azufre,

de ácido.

Estoy en Venus.

Estoy aplastado, disuelto,

ahogado.

Estuve por meses

acampando en Calisto.

Cuatro, tardó el gran Zeus en salir.

Al menos nos entretuvo

el cortejo de todas sus damas:

pequeñas, presurosas,

lo rodean y lo cubren

de sus encantos.

Ahora tenemos eclipse de Sol a diario.

Calisto, celosa,

lo mira lejana y

lo abandona gran parte del año.

Mis pulmones explosionan,

el frío es insoportable.

Volví a la Tierra.

Escucho su música especial.

Las órbitas entonan

un acorde precioso en enero.

Es un Sol séptima.

Los Do en Mercurio

solían ser demasiado graves.

La tensión de las cuerdas,

sordo,

estaba en mi genoma.

Ahora que salí de mí,

la escuché.

Las bombas ahora son

el canto de Ares.

Atenea, no te rindas.

Mis tripas te lo piden por mí.

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