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Mostrando entradas de noviembre, 2019

Complicidad.

Supongo que sabe que su sonrisa adquiere hacerme transigir. Que puedo dejar de mirarle el culo a la moza y a la amiga de esa amiga que nunca tuve. Que consigue que haga el idiota sin ruborizarme, que la complicidad sea tanta que pueda contarle de aquella vez que me caí en un charco, algo sobre la eyaculación precoz con cierta rubia teñida, algún vicio inconfesable, o hablarle del beso que le di al aire pensando que el amor de mi infancia jamás se apartaría. Supongo que sabe que su sonrisa hace girar las agujas del reloj a una velocidad distinta a la que acepta la cordura. Que hace un minuto era de día y ahora tiene una estrella entre los labios que jamás será fugaz. Que ignoro por completo si ha preferido zapatos sin tacos para no despertar al hombre equivocado. Si lleva el pelo arreglado o una selva incontrolable, si es un vestido nuevo, o el mismo que he pensado desabrocharle mil veces. Supongo que sabe que cuando sonríe me duele tanto parpadear como una guerra en Siria. Que el olvid...

No vuelo, planeo.

La máscara social que nos corrompe se siente afligida por los callos de los alguaciles que el viento les provoca. Chocan contra los parabrisas de las miradas de las personas que odian que puedan volar. La perspectiva cambia constante en el flujo de lo que llamamos tiempo, como si fuera todo lineal, o al menos eso creía hasta un infortunio evento desarrollado en la dureza del agua, esa fina capa que parece impenetrable por las mentes livianas. Si te paras en el agua todos afirmarían que sos algún tipo de profeta o un mesías, sin embargo la única profecía que se cumple es la del mediocre. Si yo fuera un alguacil, no volaría. Estaría preso del viento, a su merced, flotaría hacia donde me lleve. Ni siquiera haría el mínimo esfuerzo de agitar mis alas. No tendría sentido, el viento es más fuerte y los callos más duros. Pero no me hundo, porque los alguaciles como yo nos paramos en el agua y la pequeña ola que nos quiere aplastar, la usamos como si fuésemos patinadores sobre hielo. ...

El último suspiro.

Te observo y lo único que veo es una gran O dibujada en mis labios. Aun sigo incrédulo de tu existencia en mi vida. No quiero salir de este círculo que me crean tus abrazos. Hoy sentí tu tristeza y de un tirón casi se me acaba el mundo. He descubierto que la poesía es como tu, que en cuando te comienzo, no puedo parar hasta devorarte. Estoy condenado a tu romanticismo pornográfico, a tu lujuria diaria y a tu devoción taciturna. Es que vos sos sos como esa lengua filosa que relame mi alma y en otros sitios de pecado. Para navegar en bucle dentro de mis venas. Y entonces siento envidia. Envidia de los que te han suspirado alguna vez y tu les hayas devuelto el suspiro. Todo lo que deseo es que este sea tu último suspiro, y el mio también.