¿Sabes lo malo de la puntualidad?
¿De esa adicción a no jugar
con el tiempo de nadie?
Que nunca, nunca,
sabrás cuánto te esperan.
A mí me ha ocurrido con tu vida.
Claro que vos no tenés la culpa,
cómo ibas a pensar que tal vez,
que quizás, que a lo mejor,
yo existía.
Pero acá estoy,
observando con nitidez
el desorden de tu futuro,
los cimientos de tu pasado.
Contándote cicatrices que puedo lamer
pero no borrar,
que puedo tapar
pero no esconder.
Tenés en la risa las cosquillas que me debes,
en el acento la canción que bailaría.
Parece que saliste de un cuento de hadas
y venís de matar a todas las princesas de los cuentos,
para que ya no sufran por amor.
Tenés la curva en otra curva,
pareces una ruta donde frenar
es de cobardes,
donde volar es necesario.
Yo tampoco te esperaba,
yo también me he equivocado,
no solamente de vida,
también de mujeres,
también de sonrisas.
Incluso he llegado a pensar
que ya no había más piedras en el camino,
que perder el equilibrio
iba a depender más del borde de las copas
que del alma de las musas.
Y, de repente, vos,
con esa cruel mentira sobre los espejos,
con esa pose de nadie me ve,
de nadie me mira,
de nadie me siente.
Como si no fueras inevitable,
como si tus pechos no los hubiera
moldeado mi hambre,
ni tu culo mi asfixia,
ni tu boca el diablo.
Antes del eclipse,
mucho antes
de que en la oscuridad
buscara un rayo de luz,
de que en el viento
creyera en la brisa,
de que el mar
extraviara la orilla,
dejé de buscarte.
Y no, no fue mi culpa.
Te has llamado de tantas formas
que ni siquiera me consuela
tu verdadero nombre.
Ahora tu silueta planea por mi hogar,
como un avión que se olvidó del destino.
Estoy gritando desde el sofá
la dirección correcta,
pero cuando a alguien le crecen alas
también le sobra el abrazo.
Llegar tarde,
como quejarse antes de la herida,
o pedir perdón sin que nada haya sucedido todavía.
Como las promesas de los borrachos,
o pintar corazones en el vaho del baño
viviendo solo.
Papá decía que el amor es llegar justo a tiempo.
Si llegas demasiado pronto,
ella tendrá la duda de si hay otras puertas;
si llegas demasiado tarde,
ni siquiera habrá puertas.
Pero a papá se le olvidaron las ventanas.
Y tras ellas, vos,
con esos muslos de atrapar a las olas,
con ese vientre de crear una familia,
con esas manos de perder siempre al póker.
Haciendo malabares con mis verbos,
poniendo el límite más allá de los sueños,
los sueños donde empieza el desvelo.
Coloreando atardeceres con tus pómulos,
haciendo el amor con la incertidumbre,
llorando poemas qué pienso escribirte.
Por vos ando corriendo en dirección contraria,
no como si alguien me persiguiera,
más bien como si de repente
¿De esa adicción a no jugar
con el tiempo de nadie?
Que nunca, nunca,
sabrás cuánto te esperan.
A mí me ha ocurrido con tu vida.
Claro que vos no tenés la culpa,
cómo ibas a pensar que tal vez,
que quizás, que a lo mejor,
yo existía.
Pero acá estoy,
observando con nitidez
el desorden de tu futuro,
los cimientos de tu pasado.
Contándote cicatrices que puedo lamer
pero no borrar,
que puedo tapar
pero no esconder.
Tenés en la risa las cosquillas que me debes,
en el acento la canción que bailaría.
Parece que saliste de un cuento de hadas
y venís de matar a todas las princesas de los cuentos,
para que ya no sufran por amor.
Tenés la curva en otra curva,
pareces una ruta donde frenar
es de cobardes,
donde volar es necesario.
Yo tampoco te esperaba,
yo también me he equivocado,
no solamente de vida,
también de mujeres,
también de sonrisas.
Incluso he llegado a pensar
que ya no había más piedras en el camino,
que perder el equilibrio
iba a depender más del borde de las copas
que del alma de las musas.
Y, de repente, vos,
con esa cruel mentira sobre los espejos,
con esa pose de nadie me ve,
de nadie me mira,
de nadie me siente.
Como si no fueras inevitable,
como si tus pechos no los hubiera
moldeado mi hambre,
ni tu culo mi asfixia,
ni tu boca el diablo.
Antes del eclipse,
mucho antes
de que en la oscuridad
buscara un rayo de luz,
de que en el viento
creyera en la brisa,
de que el mar
extraviara la orilla,
dejé de buscarte.
Y no, no fue mi culpa.
Te has llamado de tantas formas
que ni siquiera me consuela
tu verdadero nombre.
Ahora tu silueta planea por mi hogar,
como un avión que se olvidó del destino.
Estoy gritando desde el sofá
la dirección correcta,
pero cuando a alguien le crecen alas
también le sobra el abrazo.
Llegar tarde,
como quejarse antes de la herida,
o pedir perdón sin que nada haya sucedido todavía.
Como las promesas de los borrachos,
o pintar corazones en el vaho del baño
viviendo solo.
Papá decía que el amor es llegar justo a tiempo.
Si llegas demasiado pronto,
ella tendrá la duda de si hay otras puertas;
si llegas demasiado tarde,
ni siquiera habrá puertas.
Pero a papá se le olvidaron las ventanas.
Y tras ellas, vos,
con esos muslos de atrapar a las olas,
con ese vientre de crear una familia,
con esas manos de perder siempre al póker.
Haciendo malabares con mis verbos,
poniendo el límite más allá de los sueños,
los sueños donde empieza el desvelo.
Coloreando atardeceres con tus pómulos,
haciendo el amor con la incertidumbre,
llorando poemas qué pienso escribirte.
Por vos ando corriendo en dirección contraria,
no como si alguien me persiguiera,
más bien como si de repente
hubiera encontrado el camino.
Y vos, estuvieras allí al fondo esperándome
con los labios manchados de futuro,
con la certeza de que sí,
de que he llegado muy tarde a tu vida
y, sin embargo,
justo a tiempo a la nuestra.
Y vos, estuvieras allí al fondo esperándome
con los labios manchados de futuro,
con la certeza de que sí,
de que he llegado muy tarde a tu vida
y, sin embargo,
justo a tiempo a la nuestra.
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