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Beodo.

Cuando acepté que el alcohol
no era sinónimo de olvido,
empecé a beber sin tener excusas.

La gente no me miraba bien.
Los mismos con los que compartí algún brindis
para maldecir una cintura,
o unas caderas,
o un buen culo,
me dieron la espalda.

Los que te han visto siempre triste
no aceptan tu felicidad
si no se consideran culpables de provocarla.
Como si la tristeza al ser mutua
en lugar de aumentar, restara.

Para sentarse en aquella barra de curdas
debías tener al menos dos motivos
y uno tenía que ser el nombre de una mujer.
Si eran dos los nombres
la resaca era espantosa.

Decía Emilia, la bartender,
“Si un amor se va antes de tiempo
el desamor se queda para siempre”
También decía,
“Hay gente que lleva tanto tiempo sola,
que confunde soledad con amor propio”

En aquel tiempo yo tenía motivos,
y tenía un nombre,
y nostalgia,
y hasta amigos.
Creo que nunca estuve tan solo.

De vuelta a casa le preguntaba
a las lámparas de la calle por mi hogar,
pero aquellas putas luces
me llevaban siempre a mi cama
y jamás a la tuya inundada por tu ola.

Nunca hubo una resaca peor
que despertar sin vos.
Y si perdí el equilibrio
era más por ausencia de tus manos
que por el borde de las copas.

Ahora me siento y bebo sin más.
No es una cuestión de nostalgia,
ni siquiera de tristeza,
ni de tu nombre,
ni de esas putas luces.

Es simplemente
que respecto a olvidar,
yo, a diferencia del resto,
ya me he dado por vencido.



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