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Mostrando entradas de enero, 2022

A veces no te extraño.

No te tengo a vos pero no importa,  tengo un corazón de porcelana, un latido sútil e indepediente, una voz lejana que hace eco. No te tengo a vos y me la baja, pero tengo en la despensa ron y vodka, tengo en los armarios chocolate, tengo en la repisa diez bukowski y tengo a Manuela cerca, siempre dispuesta y siempre desnuda. No te tengo a vos y sin embargo, tengo la sonrisa permanente, tres versos escritos en la espalda con los lunares haciéndo los acentos, y tengo una erección que no asesino con tu recuerdo ni con la nostalgia. Tengo diez neuronas sin tu nombre y una cicatriz de la que no te haces cargo, una muerte fugaz en la cabeza, un llámame mañana que no puedo, un hasta luego, un nunca, un para siempre. No te tengo a vos con tus caderas columpíandose perversas a tu paso pero tengo un columpio en el jardín de mi recuerdo que ya no echa de menos tu vaivén. Y también me tengo a mí aquí y ahora, y aunque pueda resultar insuficiente es mejor que la suma del contigo.

Mentira.

Ya no te busco en la cola del cine, en las tiendas de ropa, no te encuentro en el humo del café, ni del cigarro. Ya no duermes en las ciudades de mi hombro, ni me hospedo en los hostels de tu columna vertebral. No le hablo a las palomas del parque de lo desnuda que te veo cuando te pones ese vestido negro. Ya no eres dios, ni hay milagros en el cielo de tu boca. Ya no escribo tu nombre en los cristales húmedos del baño, ni Sting canta nuestra canción mientras nos mojamos bajo la ducha. Ya no me quito el disfraz de poeta, para ver cuanto amor te cabe entre las piernas. Ya no te sueño, ni te maldigo. Ya no te odio. Ya no hay sudor bajo las sábanas, ni decoras los armarios de la habitación azul con otros colores imposibles. No hay malabares en tus montañas, ni gimnasia artística bajo tu cintura, no hay restos de mi piel bajo tus uñas ni sabor a vainilla entre mis labios. Ya no eres, ni estás, ni quieres, ni sientes, ni soy, ni te espero, ni te ansío. Ya no te quiero. Pero tu ya sabes como...

Hipocondría.

Siempre la hipocondría es una certeza, a las que los médicos insisten en llevarme la contraria. Ya ni siquiera me acuerdo cuando me dolías tú, cuando aún sin saber el sitio, podía decir tu nombre y resumir así toda mi enfermedad. Ya no debo besos, no pago en lagrimas, no pido treguas. He cambiado el frío por una sombra, que viene por la noche a darme los buenos días, por si no despierto. Le he puesto a mi última tristeza, un nombre ridículo, para avergonzarme de ella, para esconderla en mi garganta, para no tener que llamarla, aunque ella venga de todos modos. Como una ex al que se le olvidó el ego. Como las cinco de la tarde. Como un taxi a la dirección correcta. Esto no viene al caso pero había una vez una chica que le tenía miedo a los abrazos. Decía que en ellos la otra persona se llevaba lo mejor de uno mismo. Y luego me abrazaba. Si te lo quedas tú no me importa. Decía. Luego al tiempo se marchó y a mí me quedó la sensación de que fue ella quien me robó a mí. Sobre la cornisa la ...