Capítulo I
Mudé y dejé los restos de piel vieja tirados por todos lados. Creo que igual prefiere que la llamen “octogenaria”. Es un modelo más avejentados de mí, deshuesado. Me hubiese gustado guardarla en una jaula y coserla con los miembros de mis otros modelos. Podría hacer una versión arácnida de mí, pero como tengo aracnofobia, me quedé en el primer molde. Siempre me gustaron más los escorpiones, creo que tiene mucho que ver con mi fascinación por las suegras.
¿Cómo puede ser que el diablo no esté asociado a esos animales? Deberían ser quemados en lugar de los gallegos negros, apuesto a que el humo que saldría de ellos sería mucho más oscuro que el lado oculto de la luna. Más negro que la corrupción de la iglesia. Más negro que la vida que dejaste atrás. Más negro que, en dos palabras, materia oscura.
Seguramente ese humo me deje ciego (¿quién te dice? Quizás incluso negro) y con problemas motrices. Caminar ya no seria una cuestión de distancia, sino de tiempo. O estupefacientes. Sé fehacientemente que soy estúpido. O malhumorado. O sumamente antiguo, aún no lo decidí. Tengo tantas opciones posibles que atender. Si no estuviera postrado, claro. Es a lo que uno se expone cuando decide romperse en mil y un pedazos obviando que, al fin y al cabo, el pedazo sólo tiene que ser uno. Y aunque me veas entero, firme y venoso, cuando bajo del catre con el pie derecho hace un poco de ruido a quebracho roto, y se huele la madera, como en un buen cabernet. Incluso tiene el color de un buen cabernet. Parece que lo molieron a golpes. Y cada moretón es un recuerdo nostálgico de la puta memoria que no me deja vivir en paz. Pero sigo, con distinción y elegancia. Me aprieto la corbata color sarampión, me acomodo la camisa dentro del pantalón y a paso firme evalúo mi próxima parada, mi próximo cortado, con ese diario cargado de noticias absurdas que no modifican en nada mi transcurrir.
Otra vez sopa. Es el quinto García que muere en un intervalo de dos días. Alguien suelte el muñeco voodoo de esa familia. En el diario, el cual intenta en vano ennegrecerme los dedos, hay una nota del detective que lleva el caso:
“Al parecer el asesino está usando la guía de teléfono para matar a sus víctimas. Hoy varias familias que empiezan con Ge en su apellido, llegaron a la comisaría desesperadas. Se quejaban también de que los Zaragoza, están muy cómodos en la plaza tomando mates y que el feriado caía un domingo”.
No puedo creer cómo puede haber gente que le duela la indiferencia. A mí me parte al medio que se metan en la vida del otro. Por suerte nunca tuve problema con que me partieran al medio. No deseo ser el asesino, deseo ser la pizza. Y no solo para que me partan, sino que me revoleen por el aire, me peguen con los puños cerrados, me den vuelta y luego me calienten hasta que me ponga duro y color bronce. A veces me pongo debajo de la ducha y finjo que me chorrea queso por todos lados. Y no es que sea precoz, solo que me gusta quemarme con la muzzarella de agua en lugares a los que no llego con la punta del sahumerio.
Pero sí. Tengo cosas que me duelen verdaderamente. Sentarme a desayunar sin otro olor que la ausencia de mí mismo. Me vuelvo inmune al aroma de las tostadas, la mermelada me sabe a ¿plástico? ¿Nylon? ¿Pingüino? Tengo que dejar de lamer el frasco buscando algo diferente. Un pedazo de vidrio no se va a convertir en algo diferente. No es como la mantequilla de maní, expuesta a la presión adecuada se puede transformar en diamante. O vos, que bajo la presión adecuada podés dejar de ser un bueno para nada. Al menos el diamante por más malo que sea, puede cortar cristales, vos no podes cortar siquiera la manteca para la tostada.
Calculo que un 10% de esta angustia se podría disipar si adopto un perro. La otra opción es adoptar un nigeriano. Sí, claro. No puedo cuidarme de las recaídas y voy a procurar no tirar conmigo al negro. Hablo de mí, por supuesto. No sé si se acuerdan, pero me convertí en negro, sin ayuda de presión alguna. Lo hice yo solito.
Estaba pensando en un chow-chow. El colmo es que fuera alérgico a las despedidas. Otro más que se suma al circo de amorfosidades. Odio los circos. Me recuerdan que mi vieja no podía costear la comida. Y ni hablar del enano exhibicionista que aparece todas las mañanas al pie de mi cama recitando la agenda del día. Tiene un aspecto algo parecido al mío, creo que es como “medio yo”. No, es un “casi yo” y yo, como no podía ser de otra forma, lo estoy mirando desde mi “super yo”. Cada vez lo veo mas pequeño, valga la redundancia. Pobre enano, él no tiene la culpa de su tamaño. A su ego se lo llevó el circo cuando cambió de ciudad. Se repartió entre los trapecistas y los payasos.
También odio a los payasos. Seres hipócritas, desparramando alegrías mentirosas, efímeras y absurdas. Y esos pobres niños, consumiendo cada bocanada de falsa felicidad, alimentando la imaginación, creyendo que el payaso está tan extático como ellos. Pero cuando la función termina, el payaso va a su trailer, lleno de humedad putrefacta y lame un limón usado para borrar esa uniforme sonrisa despiadada. El payaso está a un paso de la psicosis.
Mudé y dejé los restos de piel vieja tirados por todos lados. Creo que igual prefiere que la llamen “octogenaria”. Es un modelo más avejentados de mí, deshuesado. Me hubiese gustado guardarla en una jaula y coserla con los miembros de mis otros modelos. Podría hacer una versión arácnida de mí, pero como tengo aracnofobia, me quedé en el primer molde. Siempre me gustaron más los escorpiones, creo que tiene mucho que ver con mi fascinación por las suegras.
¿Cómo puede ser que el diablo no esté asociado a esos animales? Deberían ser quemados en lugar de los gallegos negros, apuesto a que el humo que saldría de ellos sería mucho más oscuro que el lado oculto de la luna. Más negro que la corrupción de la iglesia. Más negro que la vida que dejaste atrás. Más negro que, en dos palabras, materia oscura.
Seguramente ese humo me deje ciego (¿quién te dice? Quizás incluso negro) y con problemas motrices. Caminar ya no seria una cuestión de distancia, sino de tiempo. O estupefacientes. Sé fehacientemente que soy estúpido. O malhumorado. O sumamente antiguo, aún no lo decidí. Tengo tantas opciones posibles que atender. Si no estuviera postrado, claro. Es a lo que uno se expone cuando decide romperse en mil y un pedazos obviando que, al fin y al cabo, el pedazo sólo tiene que ser uno. Y aunque me veas entero, firme y venoso, cuando bajo del catre con el pie derecho hace un poco de ruido a quebracho roto, y se huele la madera, como en un buen cabernet. Incluso tiene el color de un buen cabernet. Parece que lo molieron a golpes. Y cada moretón es un recuerdo nostálgico de la puta memoria que no me deja vivir en paz. Pero sigo, con distinción y elegancia. Me aprieto la corbata color sarampión, me acomodo la camisa dentro del pantalón y a paso firme evalúo mi próxima parada, mi próximo cortado, con ese diario cargado de noticias absurdas que no modifican en nada mi transcurrir.
Otra vez sopa. Es el quinto García que muere en un intervalo de dos días. Alguien suelte el muñeco voodoo de esa familia. En el diario, el cual intenta en vano ennegrecerme los dedos, hay una nota del detective que lleva el caso:
“Al parecer el asesino está usando la guía de teléfono para matar a sus víctimas. Hoy varias familias que empiezan con Ge en su apellido, llegaron a la comisaría desesperadas. Se quejaban también de que los Zaragoza, están muy cómodos en la plaza tomando mates y que el feriado caía un domingo”.
No puedo creer cómo puede haber gente que le duela la indiferencia. A mí me parte al medio que se metan en la vida del otro. Por suerte nunca tuve problema con que me partieran al medio. No deseo ser el asesino, deseo ser la pizza. Y no solo para que me partan, sino que me revoleen por el aire, me peguen con los puños cerrados, me den vuelta y luego me calienten hasta que me ponga duro y color bronce. A veces me pongo debajo de la ducha y finjo que me chorrea queso por todos lados. Y no es que sea precoz, solo que me gusta quemarme con la muzzarella de agua en lugares a los que no llego con la punta del sahumerio.
Pero sí. Tengo cosas que me duelen verdaderamente. Sentarme a desayunar sin otro olor que la ausencia de mí mismo. Me vuelvo inmune al aroma de las tostadas, la mermelada me sabe a ¿plástico? ¿Nylon? ¿Pingüino? Tengo que dejar de lamer el frasco buscando algo diferente. Un pedazo de vidrio no se va a convertir en algo diferente. No es como la mantequilla de maní, expuesta a la presión adecuada se puede transformar en diamante. O vos, que bajo la presión adecuada podés dejar de ser un bueno para nada. Al menos el diamante por más malo que sea, puede cortar cristales, vos no podes cortar siquiera la manteca para la tostada.
Calculo que un 10% de esta angustia se podría disipar si adopto un perro. La otra opción es adoptar un nigeriano. Sí, claro. No puedo cuidarme de las recaídas y voy a procurar no tirar conmigo al negro. Hablo de mí, por supuesto. No sé si se acuerdan, pero me convertí en negro, sin ayuda de presión alguna. Lo hice yo solito.
Estaba pensando en un chow-chow. El colmo es que fuera alérgico a las despedidas. Otro más que se suma al circo de amorfosidades. Odio los circos. Me recuerdan que mi vieja no podía costear la comida. Y ni hablar del enano exhibicionista que aparece todas las mañanas al pie de mi cama recitando la agenda del día. Tiene un aspecto algo parecido al mío, creo que es como “medio yo”. No, es un “casi yo” y yo, como no podía ser de otra forma, lo estoy mirando desde mi “super yo”. Cada vez lo veo mas pequeño, valga la redundancia. Pobre enano, él no tiene la culpa de su tamaño. A su ego se lo llevó el circo cuando cambió de ciudad. Se repartió entre los trapecistas y los payasos.
También odio a los payasos. Seres hipócritas, desparramando alegrías mentirosas, efímeras y absurdas. Y esos pobres niños, consumiendo cada bocanada de falsa felicidad, alimentando la imaginación, creyendo que el payaso está tan extático como ellos. Pero cuando la función termina, el payaso va a su trailer, lleno de humedad putrefacta y lame un limón usado para borrar esa uniforme sonrisa despiadada. El payaso está a un paso de la psicosis.
Capítulo II
Un gracioso rayo de luz toca la puerta de mis párpados y entra sin permiso por mis pestañas, tres y cuatro del ojo izquierdo. La bocina de un auto apurando a otro en un semáforo parece decir buen día. Le respondo con un quejido grave. Despliego mi mirada sobre la habitación, las telas de arañas ya parecen el más bello papel tapiz.
Me levanto de la cama arrastrando el sueño que tuve. No recuerdo nada, pero tengo estigmas. Intuyo. No sin dificultad, atravieso el largo invierno que hay desde mis aposentos hasta el baño. Es hora de ver la realidad que me dispara el espejo. ¡No! ¡Otra vez he muerto al dormir! El cepillo de dientes se transforma en una daga de mithril y destruyo mi imagen en el reflejo. Otro espejo roto y van 3 este mes. Es el último, no voy a comprar más.
La pava acaba de suspirar, eso significa que la alquimia de la mañana está lista para desayunar. Ojalá gimiera, empezaría el día de otra manera. Más vivo. Pero no, ya sabemos que hoy ya no se va a poder. La luna lo determinó anoche mientras hacía el amor con las nubes. Se fusionó con un cúmulo y desapareció.
Hace años que estoy esperando que pase lo mismo conmigo. Pasa el tiempo y no me llama. Sé que me mira cada noche, me cubre con un manto de luz y yo me siento deseado. No sé qué espera, pero seguramente tiene que ver con que yo deje de personalizar un pedazo de roca. Bien, si mañana no me lleva, no espero más.
¿Quién apagó el calefactor? Espero que nadie, tal vez mis pulsaciones bajaron, o quizá tenga algo de fiebre. Eso me pasa por gastar la plata que tenía destinada para la frazada en whisky. Ahora veo que calentar la garganta no es lo mismo que los pulmones, tiene sus desventajas. No lo cambio por nada.
El agua tenía que calentarme un poco. No sé qué hago pidiéndole nuevamente peras al olmo. ¿Desde cuando el agua tiene el poder curativo para levantar a los muertos? Se me entumecen las extremidades, el calor las está ablandando de a poco. Si no fuera por esta ducha tibia todavía seguiría en modo rigor mortis, como tu corazón que ya no bombea, tieso, petrificado cual víctima de Medusa.
Tengo formas de evitar que los sueños tomen control del resto de mi vida, o bien que las consecuencias sean amenas. Ninguna de ellas involucra el contacto con personas. Pero cada día tengo menos aguante. Recuerdo la primera vez y me da escalofríos. Siento que cada día que pasa me voy acercando a esa negrura llena de resentimiento. Para eso había entrado a bañarme, para disipar la negrura. “No pierdas la ruta. Vos sos un ser de luz.” Evidentemente me estaba incitando a que me prendiera fuego. Y si hay algo de lo que estoy seguro en mi vida es cómo generar autocombustión, solo pienso en vos y listo. Me gustaría que sea por excitación, pero no, el fuego es de odio.
El amor que me doy entre las piernas ya no alcanza, desearía tener carne para saciar mis colmillos sedientos. ¿Cual es la verdadera necesidad de masticar a otro? Caníbal no soy, pero debo reconocer que me comería el alma de más de un ser vivo. O muerto, total el alma no muere, y dicen que se queda un rato cerca del cuerpo viendo como se pudre la carne. ¿Las almas son sádicas?
Siento que he dado vueltas buscando mi alma por mucho tiempo. Se me escapa en el momento justo en el que estoy a punto de atraparla. La habré vendido al Diablo cuando tuve la oportunidad y lo que persigo tan incansablemente ahora es mi sombra. ¿Saldrán las almas a tomar sol? El lapso en el que uno se queda mirando al vacío, ejecutando automáticamente sus responsabilidades, ¿no cuenta como abandono de alma, por lo menos por un ratito?
A veces pienso verdaderamente que el alma es la sombra de cada uno, y que solo la tenemos cuando nos da la luz, pero eso no quiere decir que en la oscuridad no tengamos alma, de hecho, todo lo contrario, la oscuridad no es más que el alma cubriéndolo todo.
Debo apresurarme o llegare tarde al trabajo, esos cuerpos no se van a cremar solos. Está lloviendo a cántaros, me recuerda a cuando era niño, si llovía no podía salir a jugar, y no es que considere a mi trabajo un juego, pero me divierte ver como la frase “del polvo venimos y al polvo vamos” se materializa perfectamente.
Me cuesta respirar...
Un gracioso rayo de luz toca la puerta de mis párpados y entra sin permiso por mis pestañas, tres y cuatro del ojo izquierdo. La bocina de un auto apurando a otro en un semáforo parece decir buen día. Le respondo con un quejido grave. Despliego mi mirada sobre la habitación, las telas de arañas ya parecen el más bello papel tapiz.
Me levanto de la cama arrastrando el sueño que tuve. No recuerdo nada, pero tengo estigmas. Intuyo. No sin dificultad, atravieso el largo invierno que hay desde mis aposentos hasta el baño. Es hora de ver la realidad que me dispara el espejo. ¡No! ¡Otra vez he muerto al dormir! El cepillo de dientes se transforma en una daga de mithril y destruyo mi imagen en el reflejo. Otro espejo roto y van 3 este mes. Es el último, no voy a comprar más.
La pava acaba de suspirar, eso significa que la alquimia de la mañana está lista para desayunar. Ojalá gimiera, empezaría el día de otra manera. Más vivo. Pero no, ya sabemos que hoy ya no se va a poder. La luna lo determinó anoche mientras hacía el amor con las nubes. Se fusionó con un cúmulo y desapareció.
Hace años que estoy esperando que pase lo mismo conmigo. Pasa el tiempo y no me llama. Sé que me mira cada noche, me cubre con un manto de luz y yo me siento deseado. No sé qué espera, pero seguramente tiene que ver con que yo deje de personalizar un pedazo de roca. Bien, si mañana no me lleva, no espero más.
¿Quién apagó el calefactor? Espero que nadie, tal vez mis pulsaciones bajaron, o quizá tenga algo de fiebre. Eso me pasa por gastar la plata que tenía destinada para la frazada en whisky. Ahora veo que calentar la garganta no es lo mismo que los pulmones, tiene sus desventajas. No lo cambio por nada.
El agua tenía que calentarme un poco. No sé qué hago pidiéndole nuevamente peras al olmo. ¿Desde cuando el agua tiene el poder curativo para levantar a los muertos? Se me entumecen las extremidades, el calor las está ablandando de a poco. Si no fuera por esta ducha tibia todavía seguiría en modo rigor mortis, como tu corazón que ya no bombea, tieso, petrificado cual víctima de Medusa.
Tengo formas de evitar que los sueños tomen control del resto de mi vida, o bien que las consecuencias sean amenas. Ninguna de ellas involucra el contacto con personas. Pero cada día tengo menos aguante. Recuerdo la primera vez y me da escalofríos. Siento que cada día que pasa me voy acercando a esa negrura llena de resentimiento. Para eso había entrado a bañarme, para disipar la negrura. “No pierdas la ruta. Vos sos un ser de luz.” Evidentemente me estaba incitando a que me prendiera fuego. Y si hay algo de lo que estoy seguro en mi vida es cómo generar autocombustión, solo pienso en vos y listo. Me gustaría que sea por excitación, pero no, el fuego es de odio.
El amor que me doy entre las piernas ya no alcanza, desearía tener carne para saciar mis colmillos sedientos. ¿Cual es la verdadera necesidad de masticar a otro? Caníbal no soy, pero debo reconocer que me comería el alma de más de un ser vivo. O muerto, total el alma no muere, y dicen que se queda un rato cerca del cuerpo viendo como se pudre la carne. ¿Las almas son sádicas?
Siento que he dado vueltas buscando mi alma por mucho tiempo. Se me escapa en el momento justo en el que estoy a punto de atraparla. La habré vendido al Diablo cuando tuve la oportunidad y lo que persigo tan incansablemente ahora es mi sombra. ¿Saldrán las almas a tomar sol? El lapso en el que uno se queda mirando al vacío, ejecutando automáticamente sus responsabilidades, ¿no cuenta como abandono de alma, por lo menos por un ratito?
A veces pienso verdaderamente que el alma es la sombra de cada uno, y que solo la tenemos cuando nos da la luz, pero eso no quiere decir que en la oscuridad no tengamos alma, de hecho, todo lo contrario, la oscuridad no es más que el alma cubriéndolo todo.
Debo apresurarme o llegare tarde al trabajo, esos cuerpos no se van a cremar solos. Está lloviendo a cántaros, me recuerda a cuando era niño, si llovía no podía salir a jugar, y no es que considere a mi trabajo un juego, pero me divierte ver como la frase “del polvo venimos y al polvo vamos” se materializa perfectamente.
Me cuesta respirar...
Muy bueno, Diego...EEs tremendo lo que siente el dicente y lo que hace sentir.
ResponderEliminarGracias, Javier!
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