Para hablar del dolor, tengo que remontarme a tu nombre, no a cicatrices antiguas, ni contusiones recientes. Tu nombre, frustrante, como una abuela para un niño sin sueño. Para hablar de tu nombre, tengo que descoserme la boca, desprenderme del ego, desnudar el fracaso. Tengo que llamarte en otro rostro y que tu recuerdo, se convierta en incógnita indescifrable de una ecuación de mi cerebro. Tu nombre, resbaladizo, como un tobogán despues de la lluvia. Ayer lo escuché desde otra boca, suave, como si no significara nada, como si en sus sílabas no cupiera toda la vida de un hombre. Claro que ella no eras vos, y se giró levemente sin notar cuánto peso soportaba mi pecho en una sola palabra. Pensé en vos, en tu vida de casada, en tus manos indecisas calentando mamaderas, en tus tacos atrincherados en el armario de la decencia, en las abejas marchitas del enjambre de tu escote. Pensé en vos, tendiendo tu desnudo con broches de la ropa, hablando del clima con tu vecina del segundo, llorando ...
Si no escribo me muero.