Marilyn tenía más glamour sentada en el inodoro meando, que vos con ese vestido prestado. Y, sin embargo, te balanceas por la calle en un columpio imaginario como si todo tu alrededor más cercano se hubiera enamorado de vos al instante. Lo cierto es que sos bellísima, y tenés ese cuerpo con el que sueña cualquier quinceañero con acné. Pero se te olvida siempre que la belleza no es más que azar y si no sabes usarla es ella la que al final termina usándote a vos. Sin cerebro no sos más que carne, el premio efímero de hormonados de gimnasio o la eterna amante de ejecutivos con casas de tres pisos. Te miro entre el deseo y el rechazo, la guerra confusa entre mi erección y el cerebro, un segundo te cruzas por la avenida de mis ojos, para luego levantar la cabeza con esa superioridad que te presta la talla noventa y cinco de un escote de póster de taller mecánico. De espaldas, mientras te vas alejando de mi campo de visión, tu culo aeróbico me hace una entrevista a la que contesto con desgan...
Si no escribo me muero.